|
Esto de que las películas empiecen cuando terminan resulta muy molesto. Te pasas la peli esperando que arranque, a ver por dónde va, o si va a algún sitio, pero el caso es que ésta nunca acaba de arrancar. Mientras tanto, pues qué bien: a jugar a la impostura. O peor: a perder el tiempo. Y eso es un aburrimiento. Luego acaba en una escena con gran frase que da la impresión de que es lo único que tiene sentido, lo único que se pretendía contar, y te vas para casa rumiándola, a ver si la peli la arrancas tú. Y aquello no hay por donde cogerlo. Yo supongo que es la historia de un cambio de sexo. Ni siquiera eso me engancha: me da igual el chico, me da igual la chica, ninguno de los dos consigue interesarme. Y todo lo que hay alrededor no es que me dé igual, es que no tiene la menor consistencia, no digamos gracia. La historia del supuesto cirujano, su tremebundo pasado y las conexiones que ese pasado mantienen con el presente, vaya por dios, qué embrollo más traído por los pelos. ¿Hay que conmoverse? Pues a mí me da igual. ¿Asustarse, perturbarse? Por dios... Luego vienen los críticos y me dicen que el cirujano es Almodóvar que está hablando muy seriamente de la creación artística, de su cine, de sus historias. A mí me gusta mucho Almodóvar, lo confieso sin problemas, pero tiene películas donde se contó mejor a sí mismo, sin tanta pedantería engolada, sin tanto cuento, y de manera mucho más entretenida, emocionante y divertida. La cosa dura dos horas: yo diría que un cuarto de hora son planos de coches entrando y saliendo, planos de gente entrando y saliendo de coches, planos de coches que pasan. Eso las películas lo suelen omitir por sistema, o mejor dicho, por educación. Lo normal es ir al grano y el problema es que aquí no hay grano. Hay, como siempre en Almodóvar, añadidos, esta vez torpes, tirando a patéticos: la historia de la hija del cirujano, los planos de la boda y la violación, la escena del hospital, el entierro, lo encuentro de lo peor, de lo más absurdo que ha rodado Almodóvar en su vida. La historia de Marisa Paredes y el hijo brasileño se cae del suelo. La secuencia en que la Paredes lo cuenta entre llamas, que se pretende también tremebunda, es risible. El plano de Banderas respirando hondo porque le pone el olor de la carne quemada de su mujer no es de recibo, es puro absurdo descacharrante. ¿Y el niño correteando por las favelas?¿Y el hermano, Agustín, yendo a vender la ropa de la mujer?... Un chiste tan privado y retorcido que hasta el propio Almodóvar se debe de perder en él. Todo es de no dar crédito. Utilizar actores tan buenos como Álamo, Gómez o Fernández para nada, tiene poco perdón. A mí me gusta cómo rueda Almodóvar, los hallazgos visuales que nos suele regalar en sus pelis. Ni siquiera aquí los hay. Se supone que son los de Banderas o Álamo regodeándose frente a las pantallas que espían a la víctima. Eso no son hallazgos, son tópicos. De lo horrendas que son todas, las escenas de cama dan grima. Mucho plano cenital, mucho contrapicado para que la cosa parezca que tiene un cierto empaque. Todo es tan profundo..., tan de cine de autor... Todo es tan tan, tanto, tanto, que termina siendo su película más antigua, más vacía, más pesada, más pretenciosa. No es La piel que habito, es La piel que irrita. Estoy indignada, me pareció un coñazo.
_________________ Don't matter now, I'm strong, and I know it, and I'll stay strong...
|