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Desde que la tele no sirve para nada, y desde que las carteleras en general no invitan a otra cosa que a la grima, soy yo misma la que se organiza sus propios ciclos y este mes alterno dos: mi Ciclo Douglas Sirk y mi Ciclo Godard. Hoy he vuelto a ver, en programa doble, Alphaville y Sólo el cielo lo sabe. Ambas estupendas, dos cincos que ganan con el tiempo, sería tan idiota no verlo como explicarlo, y es evidente que a cada nueva visión abres los ojos a novedades. Alphaville es de 1965 y Kubrick estrenó 2001 tres años después: hoy fue lo que más me llamó la atención. Siempre piensas, al ver Alphaville, en Bradbury, Huxley, o en Fritz Lang. Hoy miré al futuro y me asombró la deuda de HAL 9000 hacia Alpha 60, los ordenadores de las dos películas que resultan más que primos, hermanos. Y la deuda del Fahrenheit 451 de Truffaut, que es de 1966, hacia el Alphaville que Godard estrenó un año antes. Me gusta mucho Godard pero me gusta más Truffaut; ahora bien: está más conseguida Alphaville que Fahrenheit. La frialdad con la que Godard consigue dar rienda suelta a su demelenado lirismo es lo que aquí lo hace superior. Además de la gracia que tiene, es preciosa, Alphaville. Y Anna Karina, maravillosa. Y el personaje de Eddie Constantine está dibujado con trazos del más puro Godard de aquellos años. El placer que produce revivir aquel secreto que sólo él practicaba, guiñándole el ojo a Melville, es incomparable. En cuanto a Douglas Sirk nada nuevo que decir: inteligentísimos detalles de puesta en escena que explican su indiscutible consideración de maestro absoluto. Casi en todos y cada uno de los planos. Eso aparte de todo lo demás, de una pareja como Jane Wyman y Rock Hudson, de la que prefiero ni hablar, no me vayan a banear en el foro por cursi. Me chifla. También me chifla, faltaría más, Lejos del cielo (Todd Haynes, 2002), que viene a ser un estupendo y casi descarado remake de Sólo el cielo lo sabe, que es de 1955. Aunque ya que digo que la tele de ahora no sirve para nada, una cita sólo: esa escena en la que el hijo de Jane Wyman le regala un televisor, artefacto moderno que entonces encontraban muy apropiado para viudas aburridas, y que ella recibe con indescriptible cara de asco. Y va el vendedor y le cuenta las excelencias del aparato, que con sólo apretar un botón permite contemplar el "drama de la vida". Y va Douglas Sirk y hace que en la pantalla del grosero aparato se refleje el rostro de una Jane Wyman que acaba de destruir su vida por miedo al qué dirán. Pues así toda la película. Era muy grande, el Sirk. No cabe duda.
_________________ Don't matter now, I'm strong, and I know it, and I'll stay strong...
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