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Aquí tienen la entrevista completa:
Es uno de los tenores más aclamados del actual panorama operístico internacional. El argentino Marcelo Álvarez, con sólo diez años de carrera, ha ligado su trayectoria a los escenarios más importantes con un repertorio que se encuentra en plena ampliación. Este mes inaugura el Festival Verdi de Parma con su primer Trovatore; lo esperan Tosca y Carmen a sólo un paso: nuevos retos de una historia de triunfos que comenzó casi por azar. Por Pablo MELÉNDEZ-HADDAD
ÓPERA ACTUAL: Usted empezó por casualidad en este mundo.
Marcelo ÁLVAREZ: Sí, cantaba de todo menos ópera; hace quince años no conocía nada de repertorio. Con la voz hacía cosas de las que no era muy consciente: imitaba a los grandes cantantes de la época del pop y del rock, como a los Bee Gees. A los 17 años había recibido un diploma de profesor de música, o sea que tenía una base mínima. Fue a través de un tenor amigo de mi mujer, Liborio Simonella, que comencé a tomarme todo esto más en serio. Cuando me escuchó me dijo que tenía condiciones, pero que debía estudiar mucho, cosa que hice a partir de 1992 con Norma Risso; al principio me desesperaba, porque me obligó a cantar a bocca chiusa durante medio año; aguanté porque creía que sabía en lo que me estaba metiendo. Ella fue la que me enseñó toda la técnica; tres años después debutaba en grandes teatros. Y comenzó la locura. Fue entonces cuando empecé a sentir en carne propia lo que era esta profesión; pensaba que nunca enfermaría, que no existían las alergias, que era invencible. Un día me sentí constipado y estuve dos meses con un resfriado; me diagnosticaron una alergia y al final estuve casi medio año enfermo, pero con muchos contratos importantes por cumplir. Todo era nuevo, raro, cargado de exigencias. Llegar a debutar al Metropolitan dirigido por Franco Zeffirelli y James Levine, viendo mi foto por toda la ciudad y teniendo sólo tres años de experiencia fue una presión que no se la deseo a nadie. Me quería marchar a casa...
Ó. a.: En Argentina, su país, no se sintió muy arropado.
m. á.: Antes de venirme a Europa a probar suerte hice tres audiciones en el Teatro Colón y en cada una me dijeron que cantaba peor y que nunca llegaría a ser un buen cantante, que era mejor que volviera a la fábrica de muebles que era el negocio de mi familia. Me decían que con 33 años era imposible que me dieran trabajo en Europa: “Sos viejo”, me decían. Además yo tampoco me había formado en la Escuela del Colón... Fue muy duro. José Cura también tuvo problemas en ese aspecto. Pero un día me escuchó Giuseppe Di Stefano y se levantó delante de todo el mundo para decir: “este chico me recuerda a mí mismo cuando yo era joven: tiene la intuición del canto”. Me aconsejó que lo vendiera todo, que cogiera un avión y que me fuera a Italia. Eso fue en diciembre de 1994. Poco después gané la final sudamericana del Concurso Pavarotti. Y me vine a Europa. Cuando regresé en 1997, con Rigoletto, debuté en el Colón junto a Leo Nucci, que también cantaba allí por primera vez. Y triunfé como si fuera un extranjero porque la gente pensaba que yo era español o mexicano. Fue inolvidable.
Ó. a.: Zeffirelli ha dicho que usted es el tenor del siglo XXI.
m. á.: Siempre me ha dado muchos consejos. Creo que es el regista por excelencia, porque es el único que pierde tiempo en aconsejarte, en preparar el personaje no sólo durante los ensayos. Muchos directores de escena van a los ensayos con el libreto de un disco, se confunden de papeles: no tienen ni idea.
Ó. a.: ¿Ha abandonado alguna producción que no le gustara?
m. á.: No, pero me he quedado para intentar hacerle la vida imposible al regista con sus tonterías. Algunos colegas me han criticado por quedarme, pero lo hago porque así ayudo a que esto no se repita. Creo que las cosas por fin están cambiando. Toda esta pesadilla que comenzó en Alemania ahora los tiene preocupados, porque la gente no está renovando los abonos. El público quiere oír voces, quiere cantantes que valgan la pena. La ópera necesita ideas nuevas, pero no que vayan contra de la obra o los cantantes. He tenido que cantar “La donna è mobile” en una cama colgando a seis metros de altura en medio de un escenario: ¿qué aporta esto? Sólo polémica, algo que en algún momento vendió entradas. Pero eso ya ha saturado al público. Mientras más escándalo, más famosos eran los registas, y por eso se convirtieron en los más poderosos. Sólo se les exigía calidad y genialidad a las voces, a los cantantes. A veces nos vemos obligados a cantar en producciones que no nos ayudan en absoluto, que crean mal ambiente y la gente no te valora porque estás inmerso en un delirio. La gente quiere músicos y no una dictadura en la que los cantantes tienen miedo de hablar porque se quedan sin trabajo. Me rebelo ante el sistema.
Ó. a.: Ahora debuta Manrico, ¿cómo ha ido evolucionando su repertorio?
m. á.: Empecé como tenor lírico-ligero, y debuté en La Fenice. Al pasar el tiempo se viven cambios físicos y vocales: tienes más madurez en lo que respecta al sonido, el diafragma trabaja más, la laringe desciende... Todo esto te lleva a que se desarrolle. Este cambio vocal no lo decide uno: simplemente sucede. Hace tres o cuatro años fueron los médicos los que me dijeron que ampliaría mi repertorio, y ahora estoy cantando como un lírico puro. Cuando debuté Werther, en 1997, todos me auguraron que no iba a poder, que se me iba a romper la voz; con Traviata, Ballo in maschera y Luisa Miller me sucedió lo mismo... Ahora le toca a Manrico; a Verdi le tengo mucho respeto. Hay que llegar a sus obras con humildad porque escribió para voces técnicamente muy preparadas, sobre todo en la zona central. Para este rol dejó escrito que quería a un cantante con la línea de un Duca y de un Alfredo: yo he hecho 155 veces Rigoletto y 160 Traviata. Con esta experiencia me enfrento al rol, encantado de hacerlo en Parma, cuna verdiana, con un director que sabe acompañarme, con una compañía con una gran tradición y de la que aprendo cada día algo nuevo.
Ó. a.: ¿Cantará el Do de la Pira?
m. á.: Todavía no lo sé; la tradición me interesa, pero quiero ver cómo queda dentro del contexto general del personaje. Lo lírico es más mío, porque mi fraseo es belcantista, o sea que me siento muy cómodo. De todas maneras, esa famosa frase que todo el mundo dice y que es “cuida tu repertorio” se utiliza sin saber. Antes se comenzaba a cantar profesionalmente a los 16 o 17 años. A los 44 las ideas ya las tengo claras, porque mi voz ya es la verdadera. Cada cuerpo es único e irrepetible y cada uno sabe cómo responde a determinado repertorio. Aún me quedan, al menos, tres o cuatro años para seguir madurando vocalmente. Por eso necesito ir debutando ciertos roles para llevarlos dentro de algunos años a un nivel superior en términos musicales y expresivos, porque hay que ir madurándolos con el tiempo. Este año también debutaré Tosca...
Ó. a.: ¿Ha abandonado definitivamente Rigoletto?
m. á.: Me he cansado del Duca, por eso lo dejo, porque durante cuatro años canté casi 160 funciones, incluyendo las del Año Verdi. Yo soy como Kraus: constante.
Ó. a.: ¿Llegó a conocer al tenor canario?
m. á.: No, y fue una lástima porque he intentado que mi carrera sea igual de higiénica que la suya... Seguí durante diez años su línea, pero mi voz ha ido evolucionando de otra manera y tuve que separarme del ideal que representa el Kraus lírico-ligero.
Ó. a.: En España ha cantado en Barcelona, en Bilbao y en Madrid. ¿Hay planes para debutar en otras ciudades?
m. á.: Quiero tener un punto de referencia en Madrid, igual al que tengo en Londres y París. En España, por el momento, mi futuro está relacionado sobre todo con el Teatro Real. En 2008 cantaré Ballo in maschera y estamos intentando hacer Manon Lescaut en 2010. También estamos barajando la posibilidad de debutar más adelante Andrea Chénier. En Madrid me he encontrado con uno de los mejores equipos técnicos del mundo, y eso me brinda una especial seguridad. También tengo alguna propuesta para el nuevo teatro de Valencia... A Bilbao no podré regresar por ahora por problemas de agenda. En el Liceu no tengo nada previsto; allí cancelé una Luisa Miller porque viví una experiencia personal nada agradable cuando debuté: me encontré muy solo en ese teatro, al que llegué intoxicado y enfermo para cantar Rigoletto. Llegar enfermo es algo habitual en la profesión con tanto viaje. Ofrecí cancelar porque no quería que en mi presentación ante el público de Barcelona no estuviera al cien por cien, pero la dirección artística me pidió que me quedara porque no podía encontrar otro tenor. Lo hice a pesar de que tenía las cuerdas vocales inflamadas, pero me sentí muy solo porque no me apoyaron ni se informó al público de esta situación. Me sentí abandonado, como en mis inicios. Me quería marchar definitivamente después de la segunda función, pero volvieron a pedirme que me quedara, que se me oía muy bien. Y para colmo, Barcelona exige en sus contratos que el artista colabore con las retransmisiones radiofónicas, por internet y para las grabaciones de DVD, y resulta que yo, en mi estado, tenía que enfrentarme en cada función además a esta presión añadida... Hace poco acepté que se comercializara el DVD que se grabó de esas funciones, porque quiero apoyar estas iniciativas divulgativas del teatro, que me parecen muy buenas. De verdad que esto no lo digo por hacerme el divo, sino porque quiero que la dirección artística del Liceu despierte. Marcelo Álvarez es quien lo está diciendo, pero esto lo vengo oyendo durante años de boca de otros colegas. La tradición que hay en Barcelona no se lo merece. ¡Qué diferencia con el Real! Para la Luisa Miller estábamos todos los cantantes enfermos y el personal del teatro se volcó con nosotros, nos apoyó, nos fue a comprar las medicinas, incluso decidieron cancelar el ensayo general para que llegáramos bien al estreno. Y fue un éxito para todos. Quiero que esto se sepa, porque el Liceu no se merece que los artistas no quieran regresar por razones que van más allá de lo artístico. Nosotros somos seres humanos. Aunque me duela, regresaré al Liceu sólo cuando la dirección artística cambie su política. El teatro y su director deben cuidar al cantante. Quiero volver al Liceu, por supuesto, porque el público se portó de maravilla conmigo, pero quiero unas condiciones justas; no quiero volver a sufrir lo que pasé. No es justo. Me la jugué por el Liceu, pero me lo comí todo yo solo. Además todo en esta vida tiene su momento.
Ó. a.: Se ha mostrado partidario de popularizar la ópera y de que los cantantes de este género hagan incursiones en otros. Ahí está su disco de tangos, y otro que acaba de aparecer con un tono más pop.
m. á.: Todo lo que pueda acercar a la gente joven a la ópera es casi una obligación para nosotros. Duetos me permitió contar con un grupo de patrocinadores y hacer conciertos para gente a la que no llegas con la ópera. Parece que me estoy convirtiendo en una imagen para aquellos jóvenes que quieren cantar, tal y como me sucedió a mí: yo empecé porque un día vi por televisión a un señor que cantaba “O sole mio”. Hoy la gente joven no se identifica con la ópera porque además los medios de comunicación no ayudan. Sin embargo, propuestas como ésta sí lo hacen.
Ó. a.: Usted dice que además de cantar le gusta vivir. ¿Sabrá retirarse a tiempo del escenario?
m. á.: No soy un enfermo del aplauso y tengo claro que puedo vivir de otra cosa que no sea cantar, aunque sé que esta profesión que he escogido es muy dura. Yo no era nadie cuando subí a los más grandes teatros y lo que en realidad triunfó, más que mi voz, fue mi tenacidad, mi familia, mi constancia. Nuestra carrera nos condiciona. Los cantantes nunca hablamos entre nosotros, no nos ayudamos, y al final todos tenemos los mismos problemas, en cada función nos enfrentamos a los mismos miedos. Sólo llevo diez años de carrera y todavía me siento inmaduro en esta profesión, aunque tenga una agenda con compromisos hasta más allá del 2010. Ahora me estoy dejando más tiempo para descansar, estoy aprendiendo a disfrutar de la vida, de mi carrera, del público. Las crisis nos ayudan a aceptar que uno es un ser humano y que equivocarse es parte de la vida.
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