Caballé, Baglioni, Zardo, del Bosco (Gavazzeni, 1976)En 1976, Montserrat Caballé llevó al templo de los templos operísticos (en aquel tiempo) su Luisa Miller. Cantó una única función, cuya grabación se conserva. La misma semana iba a haber cantado Turandot con Cecchele y Zubin Mehta, pero canceló, ello se anunció al principio del acto II y se montó el conocidísimo escándalo (uno de los más sonados de una época y un lugar en el que no eran infrecuentes). Caballé no cantó ninguna función de Turandot ni ninguna más de Luisa Miller, y volvería el año siguiente para la Norma con Troyanos.
Escuchada la función en su globalidad, si bien es perceptible que la Luisa Miller de Caballé es, en esta ocasión, más cautelosa que sus primeras aproximaciones a la parte, no se advierte nada que hiciera pensar lo que iba a ocurrir ese fin de semana. En cuanto al cuarteto a capella, Gavazzeni corta prácticamente la mitad del número (solo cantan la parte inicial, la segunda vuelta del tema principal y los compases mínimos necesarios para resolver a Sol Mayor), pero, acomodado a los
tempi lentos tan del gusto de la diva catalana, decide hacer que la parte de la música que sí se interpreta suene lo más poética posible, y así, exagera el rallentando de la parte inicial (con efectos, sinceramente, muy bellos), la suspensión armónica de la variación poética y el valor de las fusas en las que vuelve a Sol Mayor. El número, así concebido, tiene mucho de bellísima pieza de concierto (pena que no se hiciese entero), pero poco de teatro. Caballé, favorecida por el tempo que le permite ir al Si4 sin acrobacias incómodas, canta tan despacio y tan hermoso como se podía imaginar y Baglioni hace muy bien sus frases previas al cuarteto, pero una vez comienza, se hunde en el mismo anonimato que Zardo y del Bosco.
Ricciarelli, Silva, Rinaudo, Casarini (Previtali, 1976)El mismo año, Katia Ricciarelli canta Luisa Miller en Turín con Carreras, Bruson y Previtali, donde el cuarteto se estructura con mayor equilibrio orgánico (solo falta la primera vuelta del tema sincopado). Sin embargo, aquí es el canto de la soprano (aparte de sus problemas de medida, que impiden hacer sincopado el tema de la sección central) lo que resulta más inquietante. Elvio Giudici comenta en alguna ocasión que, si se pone uno a hacer cuentas, quizá sean más las damnificadas por imitar a Caballé que por imitar a Callas, y en este fragmento, uno comienza a comprender por qué pensaba que ese fuese el "pecado" de Ricciarelli, o al menos, parte del mismo. De una forma mucho más notoria que en San Francisco, los Si4 de Ricciarelli están colgados en la nada, apoyados en una entelequia, y aunque existen tímbricamente, los armónicos se achican tanto que rompen la conexión con el resto de la gama (a diferencia de los La4, que están emitidos
di forza), generando la sospecha de una emisión ilegítima que pudiera pretender imitar, si bien con técnica de birlibirloque, los efectos conseguidos por Caballé cuando congelaba el tiempo con sus celebérrimos pianísimos.
Con respecto a la catalana, ya he explicado en otras ocasiones que considero que los pianos Caballé tienen una legitimidad técnica absoluta, pero es cierto que, sobre todo en los últimos años 70-primeros 80, cuando el agudo se endureció, abusó de la colocación privilegiada de sus pianísimos para solventar frases en que el agudo
di forza podía resultar insatisfactorio: por todas las veces, y que me perdonen los muy caballistas, en la Elvira de los Puritanos de Muti, donde lo hace constantemente, y siempre es mágico (¡qué sonido, por Dios bendito!), pero también, a menudo, incoherente con el sentido musical y teatral de la frase.
El tema es que, como decía, aquí tenemos a Ricciarelli comenzando a hacer cosas raras (no me atrevo a decir
flautate, pero sí destimbradas y técnicamente perturbadoras) para salvar agudos comprometidos en una pieza tremendamente expuesta. A su lado, Silva, Rinaudo y Casarini cumplen, aunque se desequilibran de dinámica (con respecto a una Luisa que ha optado por volverse etérea) y la frase de los bajos no está demasiado bien articulada.
Zampieri, Jori, de Bortoli, Mazzieri (Kobayashi, 1976)Sin embargo, contra todo pronóstico, la única lectura procedente de 1976 que interpreta la pieza entera, quizá por el dogmatismo típicamente nipón de la batuta, es la realizada en Parma por Ken Ichiro Kobayashi (hasta donde yo he tenido conocimiento, la más antigua en la que eso ocurre) con la esmerada Luisa de Mara Zampieri, una soprano que ha solido recibir de la crítica juicios nefastos que me parecen desmesurados. No es que aquí esté canónica: va tardísimo (más de una corchea de retraso) al primer Si4, lo que obliga a sus compañeros a reajustar sobre la marcha, y en el gran agudo tras la escala de fusas (aquí semicorcheas, una vez más) el sonido es carnoso pero oscilante y feo. Sin embargo, la soprano tiene aún una voz aseada que "puede", instrumentalmente, con la pieza. Burda Jori en las frases precedentes al cuarteto y mejorables de Bortoli y Mazzieri, pero con todo y como se ha dicho, la pieza empieza y termina como debe, da una imagen fiel de su integridad orgánica (que, en la fecha, el aficionado solo conocía por la grabación en estudio de Cleva) y está razonablemente afinada.