Los cantantes se dividen en tres categorías: unos que tienen voz y no saben cantar; otros que saben cantar y no tienen voz, y otros que no tienen voz ni saben cantar.
Cuentan que una soprano intentando recoger elogios del propio Rossini, interpretó la aria de Rosina "Una voce poco fa" de la ópera Il barbiere di Siviglia inventando gran cantidad de florituras y ornamentaciones que el autor no había escrito en la partitura. En cuanto acabó la obra, Rossini se acercó a ella interrogándola muy serio: "-Felicidades, muy bonito! ¿A quién pertenece la partitura?"
Cuando Rossini estrenó su primera ópera: La cambiale di matrimonio incrementó la densidad sonora orquestal hasta límites jamás superados por una ópera bufa. Los músicos de la orquesta hicieron una pequeña revuelta, justificada por el hecho de que aquella partitura no se podía tocar. Argumentaban que era excesivo el número de instrumentos que intervenían al unísono e insoportable el ruido que producían. Su rebelión estaba justificada al tratarse de una ópera compuesta por un principiante inexperto.
En cierta ocasión, un joven pianista y compositor tenía un gran interés en asistir a las veladas que Rossini organizaba la noche de los sábados en Passy, localidad cercana a París. Deseaba que el Maestro le aconsejara sobre cuál de las dos partituras que había compuesto era la más idónea para ser presentada en un concurso. Rossini escuchó la primera y antes de que iniciase la interpretación de la segunda, se levantó y le dijo: "-Ya lo sé, lo tengo muy claro! Presente la segunda."
Domenico Barbaia, famoso empresario del Teatro San Carlo de Nápoles, le encargó una ópera en 1816: Otello. Con el fin de que pudiera realizar la composición cómodamente, le prestó su Palazzo Berio. A sus 24 años, Rossini aceptó el compromiso. El huésped permaneció durante seis meses en el palacio del buen Barbaia, comiendo y bebiendo en compañía de buenos amigos. Harto ya, el empresario ordenó a sus criados que lo encerraran en una habitación solitaria. Rossini quedó condenado a una ración de macarrones herbidos y agua, hasta que acabara el trabajo que al parecer ni siquiera había iniciado. En veinticuatro horas compuso la obertura y pocos días después los tres actos de la ópera que sólo tenía de original los números 1, 2 y 3. Barbaia no sabía música y no pudo advertir que Rossini había repetido más de una vez la obertura completa. Así, conquistó su libertad y pudo disfrutar de los macarrones trufados que tanto le apetecían.
Se dice que, cuando Meyerbeer murió, el sobrino quiso escribirle una marcha funebre para el funeral. Quiso que Rossini la escuchase para que le diera su opinión. El pesarés fue concluyente: "Hubiese sido mejor que el muerto fuese UD. y el compositor su tio".
Gioachino Rossini tambien opínó sobre el “Tannhäuser”. Él decía que esta obra se debería escuchar más a menudo para poder juzgarla mejor, pero que de todos modos, “yo no iba a escucharla una segunda vez”, comentó el músico. Su opinión sobre el “Lohengrin” fue algo más benigna “en su musica hay momentos bellísimos, pero también malos cuartos de hora”. Sobre Wagner tambien tuvo su opinión: “desde luego no dudo que es un genio, pero no comprendo a una nación que a causa de Wagner haya podido olvidar a un Mozart”.
De Rossini también se cuenta que en una ocasión cenando con un tal Carafa, amigo suyo, al servirle el pescado el camarero a ambos, Rossini cubrió enteramente con exceso de salsa el pescado de su amigo, a lo que este preguntó: “¿Pero, dónde se ha metido el pescado?” a lo que Rossini contestó: “esto es como la música de Wagner, mucha salsa y poco pescado”.
En Florencia quisieron erigirle un monumento. Rossini, andaba mal de dinero en aquella época y cuando se enteró se fue a visitar a la comisión encargada del monumento y les dijo:
-Señores, me he enterado de sus propósitos. Díganme, ¿cuánto piensan gastar?
Y al enterarse de la cantidad, unas veinte mil liras, contestó:
-Si me dan diez mil a mí y con las otras diez mil hacen el pedestal, me comprometo a subirme cada día un rato.
Cuando le ofrecían uvas decía:
-No me gusta el vino crudo.
Una vez, en premio de una apuesta donde había acertado, ganó un pavo trufado; pero el perdedor le daba largas para pagar la apuesta. Rossini le fue a ver un día y le dijo:
–Oye, ese famoso pavo, ¿cuándo se come?
–Sabe, Maestro, no es todavía la estación de las trufas de primera calidad.
–¡Que no , que no! Eso es una falsa noticia que difunden los pavos para no hacerse rellenar.
Otra anécdota cuenta que el maestro lloró sólo tres veces en su vida: debido al fiasco que resultó su primer ópera, cuando escuchó a Niccolo Paganini tocar el violín, y una vez que había salido de picnic y la canasta cayó por la borda de la embarcación llevándose consigo el aclamado pavo.
Rossini estaba invitado a casa de una señora muy tacaña. Cuando se despedían, la mujer le dijo:
– "Confío en que pronto volverá a comer conmigo".
Rossini le respondío de forma inmediata:
– "Prestísimo. Ahora mismo, si no le importa".
