
Hoy, 29 de noviembre, recordamos el centenario del fallecimiento de Giacomo Puccini, el compositor de
"le piccole cose". A quien —parafraseando el título de un artículo que Ortega dedicó a Azorín— podríamos referirnos como "Puccini, o primores de lo vulgar".
Fue criticado, e incluso denostado, ya en su propio tiempo por una parte nada desdeñable de la
intelligentsia de su época (e incluso de la actual), que le acusó de superficialidad, ausencia de ambición, incapacidad para dar unidad orgánica a sus obras (¡ay el darwinismo que lo penetraba todo!), falta de talento para llevar adelante obras de mayor calado y, como representante paradigmático del arte musical italiano (en sustitución de Verdi) acabó siendo manoseado por seguidores y detractores en medio de las discusiones que recorrieron Europa en torno al "problema Wagner". Pero, a pesar de todo, lo cierto es que es que se trata de uno de los compositores más populares, y siempre ha gozado del favor incondicional del público, como lo demuestra su permanencia en el repertorio operístico habitual y el hecho de que sus obras —mayoritariamente protagonizadas por mujeres— se encuentren entre las más representadas.
Puccini fue un melodista insuperable (lo de
Manon Lescaut, por ejemplo, es un auténtico festín), un músico extraordinario y un hombre de talento teatral indiscutible. El que no revolucionara la historia de la Música (como sí hicieron otros colegas de profesión) tampoco debería ser un demérito, o una razón para dejar de reconocer su genialidad y el hecho de que nos ha dejado algunas de las más bellas óperas de la historia.
Siempre es buen momento para disfrutar de sus creaciones. Hoy, además, para recordarle con afecto y agradecimiento por lo que nos legó.