

La dirección de
Giuseppe Sinopoli resulta fascinante, por su complejidad, transparencia, plenitud de matices, dinamismo, pulso y (pese a ser una grabación de estudio) teatralidad y tensión dramática. La variedad de colores tímbricos y de dinámicas que consiguió extraer el director veneciano de la Orquesta de Berlín hace viajar al oyente por todos las atmósferas recreadas gracias a la prodigiosa orquestación straussiana, desde el imprevisto, sutil y etéreo inicio de la obra, hasta los opulentos pasajes orquestales que jalonan la partitura (maldición de Jochanaam, danza de los siete velos, monólogo final, cierre), y nos sumergen de lleno en el mundo inquietante, misterioso, enfermizo y lunar de esa Judea del siglo I de nuestra era, imaginada por Oscar Wilde y el compositor muniqués. Es innegable que la gran calidad de sonido de este registro resulta decisiva para que el oyente disfrute aún más de toda esa riqueza sonora. Pero, a pesar de todo, no puede minusvalorarse el enorme esfuerzo conceptual, analítico, y de disección que Sinopoli llevó a cabo aquí sobre la partitura straussiana, en complicidad con una Orquesta de Berlín plenamente conocedora de la obra. Excelente versión orquestal desde todos los puntos de vista.
En consonancia con lo anterior, la Salome de
Cheryl Studer nos deleita con la belleza de su instrumento (una voz cristalina, de timbre juvenil, claro, hermoso, empastado, de agudos perfectos, llenos, sonoros), y con un canto idiomático, de cuidado fraseo, variadas dinámicas, muy expresivo y dúctil. Su princesa idumea --esencialmente de matriz belcantista--, es mucho más niña que adolescente, o mujer (al estilo de la insuperable Wellitsch), y, por ende, se halla en total sintonía con lo que, a mi entender, necesita el personaje. El permanente cuidado por la línea de canto lleva a que la intérprete siempre renuncie a lo declamatorio, incluso en los momentos más álgidos y dramáticos de su parte. Esto se ve muy bien en las sucesivas peticiones al tetrarca de la cabeza de Jochanaam, donde Studer no grita, ni solloza, ni emite un solo sonido desgarrado, sino que opta por frasear con elegancia, dar variedad a la expresión y colorear su voz (que suena juguetona y, pese a todo, escalofriante), de modo que, tras una primera petición --casi musitada y rematada con un bellísimo
staccato de cuatro notas picadas descendientes en la última sílaba de "Jochanaam"--, la tensión va aumentando progresivamente con cada una de las siguientes solicitudes, que crecen en intensidad (e impaciencia) a medida que se producen, hasta llegar a la exigencia final, más perentoria. La única objeción que podría ponérsela a la soprano de Michigan --y esto es habitual en sopranos con un instrumento tan lírico y etéreo como el suyo-- es la debilidad en la zona grave, que tampoco es un defecto insuperable, pues los pasajes en que la cantante debe descender a lo más grave de su
particella (hasta el Sol2 y el La2, si no me equivoco) son puntuales, y en ellos no tiene que frasear, ni mantenerse demasiado tiempo.
Bryn Terfel, al comienzo de su carrera y en una excelente forma vocal, da vida a un interesante Jochanaam: juvenil, pero autoritario, altivo y rebosante de dignidad. Aunque, quizá, se le escapa algo la dimensión más trascendente, religiosa y espiritual del rol, por lo que se nos muestra más humano que místico, o iluminado. Con todo, su oscuro timbre (de auténtico bajo-barítono), el fraseo incisivo y una voz sana, y aún lejos de los sonidos engolados y del
vibrato que la han caracterizado posteriormente, contribuyen a construir un Bautista de muchos quilates, que el intérprete galés dejó aquí registrado para la posteridad, justo un año antes de saltar a la fama cantando el mismo rol en el Festival de Salzburgo de 1992.
El tenor germano
Horst Hiestermann es un Herodes de voz demasiado temblorosa y expresión algo histérica, aunque correcto, mientras que la gran
Leonie Rysanek --excelente Salomé, intensa Elektra de tiempos mejores--, suena aquí muy mermada en lo vocal, pero sigue manteniendo la intensidad, el estilo, la intención, la fuerza dramática e interpretativa de siempre. Y aunque el instrumento aparece muy gastado, personifica, con credibilidad y convicción, a una irritante y siniestra Herodías. Además, su intervenciones junto a Herodes y Salome resultan de lo más efectivas, por el contraste de timbres. Quien tuvo, retuvo, no cabe duda.
Bien el resto de intérpretes, aunque sin peculiaridades especialmente reseñables.
Una versión de lo más recomendable, especialmente por la dirección de Sinopoli, la prestación de la orquesta berlinesa y la interpretación de Studer.