

Registro correspondiente a una grabación realizada en el Prinzregententheater de Múnich, en 1960, con
Rudolf Kempe al frente de una Orquesta Estatal de Baviera perfecta conocedora de la partitura. El director germano se inclina por una lectura transparente y ligera, en la que prima la búsqueda de matices sonoros por encima de la masa orquestal. Lástima que el sonido --y pese a tratarse de una grabación no tan antigua-- resulte muy regular, con un siseo continuo de fondo y alguna que otra interferencia, especialmente perceptibles en los momentos de menor densidad orquestal. Además hay también cierto desequilibrio entre instrumentos (apreciable, sobre todo, en la percusión durante la danza de los siete velos), y los momentos en que Jochanaam canta desde la celda se oyen demasiado lejanos. Pese a todo nos encontramos ante una versión muy notable.
La Salome de
Inge Borkh es, como no podía ser de otro modo, fantástica, por medios vocales y concepción dramática, de modo que vemos al personaje experimentar la correspondiente evolución psicológica a lo largo de la velada. A pesar de la suntuosidad y el volumen del instrumento de la soprano de Mannhein, su
prinzessin suena juvenil y chispeante al principio de la obra (no tan evanescente como la de Welitsch, es cierto), ardorosa y llena de pasión en su enfrentamiento con Jochanaam, y va subiendo de temperatura progresivamente desde que aparecen Herodes y Herodías, hasta mostrarse irresistible e intensísima en su escena final. Recuérdese, a este respecto, que hablamos de un registro radiofónico, aunque hubiera público asistente (como podemos saber por los aplausos finales), pero ello no es óbice para que Borkh nos deleite con una interpretación llena de fuego y pasión trastornada (aunque siempre bajo control). Además, afortunadamente, y a diferencia de lo que ocurría en su registro en vivo de 1958, aquí tenemos el monólogo final completo.
Josef Metternich es un buen Jochanaam, de voz baritonal, oscura, bien timbrada y con suficiente volumen. Dice su parte con nobleza y autoridad, aunque suena algo envarado y distante en su enfrentamiento con la caprichosa princesa idumea. Notable, en todo caso.
El Herodes de
Fritz Uhl es magnífico, y uno de los más juveniles que puedan escucharse. El tenor austríaco rehuye por completo los excesos y el histrionismo, y nos ofrece un tetrarca magníficamente cantado, pero no carente de tensión, inestabilidad y el punto justo de histeria supersticiosa. La Herodias de
Ira Malaniuk, por otro lado, no le va a la zaga en calidad vocal, acentos y prestación dramática. Es una cónyuge burlona y mordaz, llena de mala baba. Sobresaliente en definitiva.
El tenor
Georg Paskuda es un Narraboth demasiado ligero y blando, al que falta algo de la pasión enfermiza que el personaje necesita. Correcto el paje de
Gertrud Virdenfekde y muy en su papel el resto de los comprimarios, destacando el primer Nazareno de
Max Proebstl y, sobre todo, el primer judío del conocido
Paul Kuen, que rezuma entusiasmo y buenos acentos.
Registro muy recomendable.