


En esta ocasión dos registros, próximos en el tiempo, que tienen como protagonista a
Anja Silja (musa del Bayreuth de los 60, por obra y gracia de Wieland Wagner): el primero (por escucha, no por cronología) corresponde a la última representación (3 de julio) de las cuatro que tuvieron lugar en Ámsterdam, en el año 1968, bajo la dirección de
Jaroslav Krombholc; el segundo a una función (la del 25 de noviembre) realizada en la ópera de Viena, tres años antes, en 1965, cuya versión orquestal --a cargo de
Zdeněk Košler tiene bastante más interés que la precedente. Empezaré diciendo que, en ambos casos, el instrumento de la esbelta soprano berlinesa está bien lejos de ser el de una niña con voz de Isolde --como definió el propio Strauss la vocalidad de la princesa idumea--, y resulta evidente que el papel le viene grande. Es verdad que su voz ligera y aniñada, aunque no especialmente hermosa por timbre, se ajusta al modelo de la princesa-adolescente que quiso retratar Strauss*, pero también lo es que le falta punta,
slancio y volumen, sobre todo en la franja superior, donde más de una vez las notas son casi gritadas. De ese modo, y sobre todo en la grabación de 1968, tenemos una Salome muy forzada, que se inclina más por el histerismo, que por la crueldad enajenada, y por lo declamatorio, en lugar de por el fraseo intencionado. No es, desde luego, una intérprete de mi gusto para este papel, aunque tampoco podemos negar que fue uno de sus roles icónicos durante los años 60.
En el caso de la versión vienesa también me parece superior el Jochanaam de
Eberhard Wätcher al de
Franz Mazura.El gran
Gerhard Stolze tenía, en mi opinión, una voz ideal para representar al tetrarca Herodes; era, además, un cantante inteligente, que dominaba este repertorio, fraseaba con inteligencia e intención y se preocupaba de profundizar en los personajes que interpretaba. Curiosamente, en el caso concreto de la versión vienesa de 1965, debo decir que parece estar cantando Mime, y no Herodes, pues nos presenta un tetrarca pasado de rosca, lloroso, gimiente y lleno de sollozos y tics. Todo lo cual se compadece bien poco con la relativa mayor nobleza que pide el rol. Además está exageradísimo de expresión en algunos momentos (esos horribles gruñidos en las frases "Sie ist ein Ungeheuer, deine Tochter. Ich sage dir, sie ist ein Ungeheuer!"). Por contra, el Herodes de
Niels Moeller, en la versión de 1968, resulta menos histérico, enfático y exagerado que el de Stolze, aunque también un punto más plano en fraseo e intención. Pero, en este caso, me resulta más satisfactorio.
El punto más luminoso de la grabación de 1965 lo tenemos en el Narraboth de
Fritz Wunderlicht, que es, obviamente, un regalo para el oyente, tanto por la belleza del instrumento, como por la elegancia de su canto y lo apasionado de la expresión, que es lo que le conviene al personaje, aunque siempre ajustado al estilo. Tampoco le va a la zaga la temperamental, terrible y estupenda Herodías de la extraordinaria
Astrid Varnay, siempre tan espectacular. Muy bien, asimismo,
Ruth Hesse en el mismo papel y en el año 1968, llegando a ser uno de los intérpretes más interesantes de dicha grabación.
Más que correctos los Narraboth y paje de
Hermann Winkler y
Emmy Greger, respectivamente, en la versión holandesa de 1968.
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* Eso, unido a su atractiva figura y su natural talento escénico, hicieron de ella una importante Salomé en su época.