

Tras el refrescante asueto que di a mi espíritu el pasado día 9, sumergiéndome de lleno en la vibrante partitura de
I Lombardi —obra repleta de coros, situaciones convencionales, personajes de una pieza y épica a raudales—, retorno a los enfermizos y oscuros ambientes nobiliarios de la Judea del siglo I de nuestra era para escudriñar las complejas personalidades de sus habitantes con esta nueva audición de la
Salome straussiana, en la que destaca, por encima de todo, la excelente y matizada dirección de
Karl Böhm, al frente de la orquesta de la Ópera Estatal de Hamburgo, que había dirigido en el pasado y conocía bien. El de Graz fue, seguramente, el director straussiano más importante del siglo XX, no sólo por haber conocido personalmente al propio Strauss y colaborado estrechamente con él, sino también (o sobre todo) porque sintonizó a la perfección con la estética y las ideas artísticas del gran compositor muniqués. Nadie como él supo combinar en esta ópera, tan sugerente como revolucionaria, la delicadeza de la colorida orquestación straussiana y el exotismo de sus armonías, sin perder por ello vigor en los momentos de clímax dramático. La escena de la danza de los siete velos, por ejemplo, es aquí extraordinaria, dibujando sonoramente a la perfección el éxtasis y la locura que van invadiendo a Salome a medida que se acerca el momento de obtener su recompensa.
En el rol de la joven
ungeheuer tenemos a una sólida, creíble y pletórica
Gwyneth Jones de 34 años, quien con su privilegiado y enorme instrumento ofrece una lectura ajustadísima, llena de matices e intención, y en la que se percibe con claridad la evolución psicológica de un personaje que, de ser una niña más o menos inocente, acaba convirtiéndose en un auténtico monstruo depravado. ¡Qué inteligente, por ejemplo, cómo entona la soprano galesa sus reiteradas peticiones al padrastro, haciéndolas crecer en intensidad, dureza y premura a medida que se suceden! Su voz, además, se mueve con bastante comodidad por toda la exigente tesitura del personaje, de modo que aparece deslumbrante en la zona aguda y, al mismo tiempo, tampoco flaquea en los pasajes graves, que suelen ser el talón de Aquiles de otras sopranos (los casos de Caballé, o de Stratas, por ejemplo, serían paradigmáticos al respecto). La escena final le pone a uno los pelos de punta. Sensacional.
El Herodes de
Richard Cassilly también es muy bueno, y está perfectamente cantado, pues el tenor estadounidense —al igual que su colega femenina protagonista— consigue plasmar a la perfección el cambio psicológico del tetrarca y su progresivo desquiciamiento. Y todo ello sin acudir a excesos melodramáticos, golpes de efecto, o gritos, sino desplegando un canto áulico, señorial, matizado y, pese a todo, no exento de la miserable doblez que se espera del rol. Muy sólida también la Herodias de
Mignon Dunn, así como el resto de intérpretes, con especial mención al elegante y elegíaco Narraboth de
Wieslaw Orchmann (magnífico de nuevo) y al "viril" paje de
Ursula Boese, que es todo un lujo en este registro realizado en la que fuera su casa teatral.
El gran "lunar" de esta, por otra parte, magnífica grabación es
Dietrich Fisher-Dieskau, gran cantante, enorme intérprete, pero completamente fuera de lugar. ¿Cuándo llegó el barítono berlinés a la conclusión de que podía ser un buen Jochanaam? ¿Quizá tras escuchar los (desmesurados) elogios que von Karajan le dedicó después de cantar para él el Wotan de
El anillo del nibelungo, primero en la famosa grabación de 1967, y luego en el Festival de Salzburgo? Sea como fuere, lo cierto es que su voz carece del color, la extensión, la potencia y la autoridad necesarios para interpretar al Bautista, de ahí que aparezca forzado, declamatorio, enfático y desgañitado en todo momento. Lástima porque, en otras circunstancias, esta grabación podría haber sido (al menos para un servidor) referencial.