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Continuum es una de esas palabras que uno se encuentra permanentemente al empezar a leer ensayo sobre ópera, un poco en plan mantra. La idea de fondo es sencilla: pasar de la mera sucesión de números musicales a un discurso musical homogéneo y sin interrupciones. Lo que ocurre es que la valoración de la progresiva consecución del continuum es, en ocasiones, tan efusiva, que a veces parece entenderse en ella cierta desvaloración de la ópera que no es continuumista. Y ello me siembra una serie de interrogantes que quería plantear.
La primera pregunta es por qué el continuum, o mejor, para qué. Es decir, ¿qué es lo que ha llevado a músicos tan diversos de distintos países y épocas a tener, muy a grandes rasgos, un ideal similar de continuidad musical? Las respuestas pueden ser varias (no es descartable, por ejemplo, la de reivindicar la supremacía de la creación del músico por encima de la tiranía de los lucimientos canoros) pero yo creo que puede haber cierto acuerdo en que la idea fundamental era buscar la continuidad musical como modo de garantizar la continuidad dramática de una obra. Así pues, el continuum sería el medio para una mayor teatralidad de la ópera, al apostar por describir con la mayor naturalidad posible el flujo constante de los acontecimientos más allá de los límites establecidos por las formas operísticas convencionales
Bien, yo no me opongo a esa explicación, pero sí me parece un poco peligroso mitificarla. Sobre todo si ello lleva a asumir (siquiera inconscientemente) que la ópera basada en esquemas creativos de números cerrados no es teatral, o lo es mucho menos. Cada compositor y cada época ha tenido sus medios para resultar efectivo dramáticamente, y es obvio que muchos lo lograron de forma espléndida. Porque no creo que hoy día se ponga en cuestión la teatralidad de L'Orfeo, con su incipiente escritura musico-teatral, o de Don Giovanni, basada en números cerrados divididos por recitativos secos, o de la escena final de Roberto Devereux, electrizante en su rígida división en recitativo, aria, tempo di mezzo y cabaletta, porque no sean continuum.
La segunda pregunta que me hago es ¿podemos entonces comenzar a llamar continuum a una articulación lograda de números cerrados? Yo creo que, en rigor, no, aunque las fronteras de dónde termina la articulación y comienza el continuum puede ser difusa, sobre todo en escuelas que, como la italiana, nunca renunciaron al aria en su sentido más formal. Uno de los continuums más logrados de esa escuela me parece a mí el acto I de Turandot, y sin embargo las arias de Liù y Calaf en el mismo son dos números cerrados como dos pianos. Pero aunque las líneas no estén tan claras, creo que una definición rigurosa de continuum ha de llevarnos a excluir, por ejemplo, el acto II de Ballo o el III de Aida, brillantes como son en la sucesiva articulación de sus números.
Otra de las preguntas que me surgen es si la consumación del continuum, que podemos atribuir en primer lugar a la obra de Richard Wagner, conllevó en efecto la realización de la tarea a la que el continuum parecía llamado. Y no lo tengo claro. Sin duda Wagner hizo valer su ideal de la continuidad musical para la utilidad que él le quería dar (una concepción total del arte, totalidad en que la función orquestal de la ópera adquiere una grandiosidad sinfónica insólita hasta entonces), pero paradójicamente, su estilo amplio y discursivo carece de la concisión dramática que el continuum parecía buscar. No estoy diciendo, por supuesto, que Wagner no fuese teatral, sino que su teatralidad tiene un tempo propio que parece navegar en dirección contraria a la pretensión del continuum como forma de afilar la precisión dramática. Por eso para mí, y salvando el Otello de Verdi, los grandes magos consumadores del continuum son Richard Strauss y Giacomo Puccini.
Porque sin duda el continuum teatralista llegó, y se impuso. Y catalizó de forma decisiva la creación musical para la escena del siglo XX. La abolición total de las formas permite un desarrollo musical libérrimo capaz de abrir caminos tan divergentes e interesantes como los de Peter Grimes, Diálogos de Carmelitas, Wozzeck o Pelléas. Obras revolucionarias todas ellas, que comparten sin embargo la previa y fundamental asunción del continuum.
Resumiendo, en mi opinión el continuum es un anhelo compartido, en mayor o menor grado y siempre dentro de cada contexto, por prácticamente todas las escuelas y todas las épocas de la composición operística. Por eso, a mí el continuum me parece fundamentalmente, más que una virtud en sí misma, una vocación universal de los operistas, cuya mayor utilidad es la contextualización de la evolución de la producción operística. Pero, como dijera en alguna ocasión un forero hoy desaparecido, es difícil entender la fobia a las formas convencionales en la ópera por melómanos que las admiran en otros campos musicales, y cuando además la experiencia operística demuestra que no es cierto que esas formas cerradas anularan la teatralidad de la música. Es decir, sólo el continuum hizo posible el desarrollo de la ópera hasta los niveles en que la hemos conocido, pero que ello no nos lleve a interpretar (y juzgar) "hacia atrás" épocas de producción operística de convenciones y claves diferentes. Porque sin duda, saldríamos perdiendo. Demasiado.
_________________ Die Wahrheit ist bei mir, Mandryka.
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