Ahora bien, en honor al reconocimiento, copio y pego esta biografía del gran Warren.
Leonard Warren (1911 : 1960)
Uno de los más grandes barítonos del siglo. Nació en la barriada neoyorkina del Bronx el 21 de abril de 1911. Trabajaba en la peletería de su padre y allí podría haber transcurrido toda su vida, perdiendo el mundo el maravilloso regalo de su voz, si un solista del Music Hall de Radio City no lo hubiera despabilado, haciéndole comprender sus excepcionales condiciones.Eventualmente ingresó al Glee Club (coro de voces solistas), pero no fue precisamente allí donde hubiera de lucir sus naturales dotes. Robert Weede era el barítono solista y no estaba predispuesto a ceder su lugar en el que estaba firmemente posicionado, y menos ante un desconocido advenedizo.
Cuando pidió licencia de dos semanas para prepararse para las Audiciones del Aire, el director le respondió que podía ir nomás sin preocuparse por volver; que su voz “no era suficientemente viril”. Algo hubo que lo impulsara: el día que cantó en la audición preliminar, Wilfred Pelletier, el director de la orquesta del Metropolitan que formaba parte del jurado, estaba tan exhausto como el resto pues había ya escuchado a 79 jóvenes aspirantes.
Cuando a través de los parlantes emergió la enorme voz baritonal de Warren, el maestro Pelletier creyó que sus técnicos le jugaban una triquiñuela y habían reemplazado la voz del aspirante por la de un artista mundialmente famoso. Warren no tuvo idea de la impresión que había causado y fue con su acompañante a ver una película. Al regresar a casa esa noche, se enteró que del “Met” habían estado telefoneando.
Había resultado ser el ganador absoluto e incuestionable de las “Audiciones del Aire” de la Metropolitan Opera House. En este punto su repertorio solo estaba formado por cinco arias operísticas y algunos trozos de Rigoletto. El triunfo lo obtuvo con el Largo al factotum del Barbero de Sevilla de Rossini, papel que jamás cantó entero, pero del que hizo una creación en ese aria, antológica y difícilmente superable.
El presidente de la Sherwin-Williams, que patrocinaba esas audiciones radiales, le hizo donación de 5.000 dólares para ir a Italia a estudiar. Aprendió siete papeles en otros tantos meses. Su primer maestro de canto fue Sydney Dietch, pero el control de su inmenso patrimonio vocal lo logró perfeccionándose con Giuseppe de Luca, sinónimo del “bel canto”. Warren triunfó en países de Latinoamérica y en Rusia, así como en el Metropolitan.
Cuando el presidente Eisenhower arrojó la primera palada de tierra en lo que habría de ser el Lincoln Center, tres grandes artistas estadounidenses fueron seleccionados para representar a la música: Leonard Bernstein, que dirigió la Orquesta Filarmónica de Nueva York en la ejecución de Hail to the Chief y otros números de circunstancia, Risë Stevens, recreó su famosa interpretación de la Habanera de Carmen y Leonard Warren que cantó el Prólogo de I Pagliacci.
Otra ópera que jamás abordó fue Los Cuentos de Hoffmann, pero su grabación del aria de Dapertutto mereció ser incluída en la antología fonográfica de Irving Kolodin Fifty Years of Great Operatic Singing (editada solamente en los Estados Unidos), lamentablemente fuera de catálogo desde hace tiempo. En su nota comentando el programa de esa antológica edición, Kolodin expresa que el aria del diamante “exhibe la riqueza y vigor de su instrumento vocal en la plenitud de su apogeo, remontándose con tenoril facilidad a un potente Sol sostenido”.
La amplitud de su registro era notable porque así como llegaba con pasmosa facilidad a agudos casi de tenor también era dueño de impresionantes y bien timbrados graves, como lo demostrara en alguna grabación de canciones rusas en el registro de bajo.
Era un maniático perfeccionista, y una prueba de ello fue su Scarpia de Tosca, papel que rehusó personificar hasta una época relativamente avanzada de su carrera. En una nueva presentación del “Met” en 1955, junto con Tebaldi y Tucker un par de detalles vinculados a esta puesta dan muestra de su obsesión. Insistía en que sus zapatos tuvieran taco rojo. Posiblemente no pudieran verse desde la octava fila del teatro, pero correspondían a la autenticidad de la época, y no cejó hasta conseguirlos. El verano anterior había recorrido museos y negocios de antigüedades en Roma, en busca del tipo exacto de impertinentes que presumiblemente usaba el villano.
Pero es como barítono verdiano que comenzó y concluyó su carrera y donde reside la fama y - ¿por qué no? – también su inmortalidad. Las óperas de Verdi asoman en 359 de las 610 representaciones que ofreció Warren en el Metropolitan. Rigoletto figura en primer término con 88 funciones.
Murió en el proscenio, ante la vista de 4000 espectadores conmocionados e incrédulos, durante la representación de La Forza del Destino, de Verdi, el 4 de marzo de 1960. Rudolf Bing, - administrador del Metropolitan – dijo: “Dejó este mundo en la cumbre de su carrera, en medio de una de sus funciones triunfales, sin un momento de temor o sufrimiento”. Haciendo un paralelismo con la vida e Enrico Caruso, el más grande tenor de todos los tiempos traemos a colación lo que escribiera de éste excepcional cantante Claudia Cassidy: “En su lucha vehemente por dar al público más de lo que este exigía, fue su propio verdugo. Cada actuación suya fue una batalla contra las supremas proezas de sus triunfos precedentes”. Así también se expresó Kolodin: “Aquellos a quien los dioses aman mueren jóvenes. Ninguno de los dos (esto es Caruso y Warren ) alcanzó la edad de 49 años. Ninguno tampoco, será recordado sino como superlativo”.
Grande.