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La crítica de Cosme Marina en lne.es
¡Qué barato resulta el escándalo! ¡Qué infantiles nos volvemos todos cuando se apagan las luces y asistimos a un espectáculo! Ahí reside, precisamente, la magia de la ópera que la engrandece incluso en títulos absurdos, de mediocridad absoluta, como la versión italiana de «La Favorita» de Gaetano Donizetti. Aquí en Oviedo, la obra pasó a ser recurrente tras un sonado escándalo que la convirtió en mítica, pero ahora, cuando se representan obras maestras como «Jenufa» o «Tannhäuser», retroceder a una tan irrelevante de la que sólo merece la pena el cuarto acto con el aria del tenor y la obertura, califica a los partidarios de incluir un título que los teatros de categoría ya han apartado de las programaciones, sobre todo en la absurda versión tradicional que tuvimos que soportar una vez más.
Y este es para mí el gran error de partida. El no apostar por la versión original, la francesa, en un intento baldío de satisfacer a el sector que de partida va a estar en contra de todo aquello que se haga de forma diferente al purismo nostálgico que tanto miman. Otro fallo, el segundo, ha sido, a mi modo de ver, la pusilanimidad de la Asociación Asturiana de Amigos de la Ópera ante el plante de Maurizio Benini, ¿es que no se va a presentarse una demanda ante el incumplimiento de un contrato firmado en 2003? Las temporadas basan su calidad en la dignidad, y cuando los artistas se burlan y no sufren consecuencias es un mal síntoma.
Al final ha habido que tragarse «La Favorita» en italiano, y todos tan contentos, hasta que, vaya por Dios, se decide encargar una nueva producción y esta manda a mejor vida torreones medievales, alcázares y demás anécdotas de un historicismo de pandereta que el propio Donizetti utilizó como recurso para contar una historia y no como fin en sí mismo. Y, como no podía ser de otra manera, se armó un buen escándalo, muy inducido desde antes de levantarse el telón. De hecho, cuando me dirigía a acomodarme un muy ilustre ex rector dejó claro que «esto no se puede tolerar» ¡y eso que aún no habíamos visto nada! Siempre respeto la actitud del público. Paga su localidad -que contribuye, por otra parte, a un porcentaje corto del coste total de lo que se está viendo sobre la escena- y tiene todo el derecho del mundo cuando termina la representación a manifestarse de la manera que considere adecuada, siempre dentro de unos límites de respeto hacia el trabajo realizado. Lo que ya me parece fuera de lugar son los rebuznos de determinados talibanes de la ortodoxia lírica en plena representación. Pensé que en Oviedo no íbamos a llegar al horror del Liceo o del Real en el que el respetable se pasa las funciones gritando y dando voces. ¿Qué han conseguido con esto? Nada. Lo único, que muchos grandes cantantes hayan ordenado a sus agentes no firmar ni un sólo contrato en esas temporadas. Si aquí se quiere que esto suceda, ya se sabe cuál es el camino.
Dicho esto hay que consignar que el espectáculo funcionó a medias, porque varios elementos se conjugaron de forma negativa. En este repertorio manda el «belcanto» romántico, las voces, y, por desgracia, un reparto de primera categoría también puede tener problemas. El proceso gripal de Dolora Zajick impidió que el público disfrutase plenamente de una de las mejores mezzosopranos de la actualidad. Se resintió el registro agudo y sólo sus admirables graves y ese bellísimo color en el centro destacaron. La escena y aria «O mio Fernando» quedaron, de este modo, en un discreto nivel que remontó con un cuarto acto muy bueno. La propia dinámica vocal mermada oscureció el fraseo y aún así, exhibió unos pianísimos y una media voz de belleza y rigor belcantistas. Las siguientes funciones tendrán, si su salud mejora, oportunidad de contemplar su esplendor vocal. Además, Zajick tuvo como contraste a un José Bros que, sin tener su mejor noche, tiró hacia arriba de su rol con arrojo, valentía, pasión interpretativa y excelencia vocal. La brillantez del agudo, la elegancia de su línea de canto, el dominio de la técnica belcantista, su timbre expansivo y la riqueza de armónicos volvieron a ser la pauta de una de las interpretaciones más honestas que aquí hemos escuchado en los últimos años. Tras los sucesivos incidentes colaterales, asumió el peso de la función y la sacó adelante con pundonor, me da la impresión que casi con rabia ante determinadas actitudes que él detesta especialmente.
Cantó con adecuación y pulcritud Stefano Antonucci, barítono lírico de seguridad y aplomo, que empezó con holgura y se desenvolvió sin sobresaltos en un papel al que aún puede sacarle más partido en otro contexto. Cualidades no le faltan. Y Stefano Palatachi cantó un Baldasarre, contundente y con aplomo, siempre en primer plano. Merece destacarse también el lujo vocal de la Inés de Susana Cordón, un acierto total que contrastó con la discreción de Jon Plazaola como Don Gasparo. El coro mantuvo el tipo en un discretísimo nivel del que sólo merece destacarse el femenino del segundo cuadro. En el resto, se percibe el esfuerzo, no los resultados. La animadversión artificiosa que se generó dejó en segundo plano un trabajo magistral de Roberto Tolomelli al frente de una entregada, dúctil y poderosa Sinfónica Ciudad de Oviedo. La obertura fue deslumbrante en su juego contrastado y el acompañamiento musical de director y orquesta, impecables. ¿Por qué esto no se refrendó adecuadamente?, ¿o sólo cuenta lo que incomoda?
Lo que molestó a buena parte del respetable no fue otra cosa que la propuesta escénica de Tomás Muñoz. Ahí ya no entiendo nada. Porque este mismo sector protestón espolea con fervor que lo único que les interesa en la ópera son las voces. ¡Ay, ay, pillines, pero se ha visto que eso no es verdad! La versión de Tomás Muñoz no es buena, es muy buena en el concepto. Pero falla en la realización. Especialmente porque tiene un acto, el tercero, que hizo naufragar la velada. El público, entonces, comenzó a quedarse con la anécdota y ya no hubo otro tema de conversación. Es la suya una «Favorita» concebida en pleno fervor del nacionalcatolicismo, con un Baldasarre muy político, de alguna proximidad dictatorial y una corte fantástica de advenedizos y nobleza rancia que ejercía un contrapunto ejemplar con el mundo espiritual del monasterio, oscuro, discreto, articulado sobre fundidos en negro y de sobriedad absoluta. Los personajes, todos, están muy bien delimitados y, en mi opinión, lo que no funciona es el movimiento escénico, demasiado ortodoxo -si se saca la navaja hay que atreverse a fondo y cuando se provoca no se puede uno quedar a medias- y un manejo de las masas prudente en exceso, hierático. Muy bien el vestuario de Gabriela Salaverri, cuidadísimo, sacado como de figurines del «¡Hola!» de la década de los cincuenta y fantástico el claroscuro que el propio Muñoz enfatiza con los recursos lumínicos así como la sucinta escenografía.
Los actos primero -el primer cuadro- y cuarto son escénicamente convencionales, sin escándalo. Éste llega con la escena de los jardines de la isla de León -la ya famosa escena de las hamacas-, divertidísima, teatro en esencia adecuado perfectamente al libreto y, para mí, muy justificado; el error grave del tercer acto sí es lo verdaderamente censurable de la dirección de escena. No entiendo por qué ese momento cerrado y estático que es el aria de Leonora tuvo que estropearse con un torpe movimiento de sillas que, además, se cayeron -¡menos mal que no había torreones, porque de caer uno sí que hay una desgracia!-. Es un riesgo absurdo, bisoño que estropea el conjunto.
Lo demás -qué divertidos los cortesanos arramplando con las flores, qué hermoso el mar de la obertura- es un tratamiento anticaspa sobre la apolillada dramaturgia de esta obra. El marco dorado, la arena, el castillo de arena, el trono -copia del instalado en el salón del trono del Palacio Real- o los paparazzis son elementos conceptuales que buscan enfatizar, construir imágenes poderosas, marcar contrastes, dibujar atmósferas. Indudablemente no convenció a muchos, pero no es obstáculo para reconocer lo mucho que se logró con una economía de medios absoluta. Termino con una cita de Antonio Fernández Cid: «una temporada sin escándalo carece de categoría».
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