A veces tengo la sensación que algunas representaciones de ópera son una rutina. Para el teatro, ...hay que llenar fechas. Para los cantantes, ...hay que comer. Hasta para el público,.... hay que asistir a la función.
Cuando una representación de
Trovatore no tiene a todos, intérpretes y público, en un puño. Cuando se termina la primera escena en un silencio gélido apenas roto por algunos tímidos aplausos. Cuando te da tiempo a pensar en el próximo final de la Liga de fútbol o en la aburrida reunión del día siguiente..... Mala señal.
Y no es que la representación fuera de pésima calidad, hubo de todo:
La orquesta cumplió, con dinámicas interesantes y el director muy pendiente de ayudar a los cantantes.
El Ferrando.... Por lo menos consiguió no ahogarse en su aria, por momentos pensé que se necesitaría algún médico entre el público para que le reanimase.
El Conde.... Por Dios, que ese hombre se saque la patata de la boca antes de subir a escena y alguien le enseñe a frasear.
El Manrico.... Me dicen que en el estreno cantó todavía peor. Haciendo un esfuerzo he podido llegar a imaginarlo, pero un escalofrío me ha recorrido la espalda.
La Leonora.... Admiro a Fiorenza Cedolins y creo que es una de las mejores cantantes actuales. Pero ayer no estuvo a la altura. Claro, le sacó tres cabezas a sus compañeros de reparto masculinos pero ella puede dar más, mucho más.
La Azucena.... Lo mejor de la noche, con mucha diferencia. La única ocasión en que conseguí entrar en la representación fue en el segundo acto y gracias a ella. Enorme cantante.
Una representación más, un día más, o un día menos según se quiera mirar. Al llegar a casa me encontré a un vecino: "¿Qué tal, vienes de alguna fiesta?", "No, de la ópera"... Que triste.