A la andanada de preguntas concretas que lanza nuestro compañero Gruberoviano yo respondería brevemente: "pasa como en los toros. Cada vez se sabe menos (en este caso de voces, de canto, de estilo) y claro...".
Pero siendo más enjundiosos (como sólo un servidor sabe serlo

), a este somero análisis se le podrían añadir otras muchas causas que ayuden a explicar el comportamiento, tan sorprendente como injustificado, del público del Liceo que asistió impertérrito (menos uno, al parecer) a la masacre donizettiana que perpetró el tenor mejicano.
Una de tales causas podría ser, por ejemplo, el hecho de que el espectáculo operístico --en general el de la llamada música "culta" (y hay que ver cuánto daño le ha hecho ese calificativo, por cierto)-- siempre ha tenido un componente muy elevado de ceremonia social, con sus protocolos ya conocidos por todo el mundo, aceptados y más o menos inquebrantables. Verbigracia: 1º) no se puede interrumpir la función con aplausos, aunque la prestación del intérprete haya sido soberbia, porque enseguida salta el gilipollas de turno que manda callarte; 2º) por el contrario, una vez finalizado el espectáculo es necesario aplaudir hasta que las manos te estallen por congestión. Da igual si lo que has oído merecía la pena o no; 3º) siguiendo la norma anterior, hay que aplaudir hasta conseguir un bis (especialmente en recitales y conciertos) o, en su defecto, hacerlo para lograr la presencia de los cantantes (y la del director musical también, que termina produciéndose de manera inevitable más pronto que tarde aunque haya dirigido mal) tres o cuatro veces sobre el escenario. A partir del tercer o cuarto paseo (todos cogiditos de la mano) hasta la boca del escenario ya puede uno empezar a pensar en levantarse (porque antes la cosa no queda demasiado bien, aunque hay muchos que lo hacen).
Pues bien: uno de tales preceptos, para la mayoría del público, parece ser que nada de lo que se interprete en un coliseo lírico puede ser malo --y aquí interviene el miedo a que le tomen a uno por "no entendido" (derivado, en buena medida de considerar "culta" este tipo de música)--, aunque se trate de una versión tan zarrapastrosa e impresentable como la de esta
"Furtiva (y lamentable)
lagrima" que ofreció Villazón a los del Liceo (siempre es mejor pasarse por exceso que por defecto, de modo que es preferible aplaudir a abuchear). Pero en el fondo, a una gran parte del auditorio le da igual lo que salga proyectado del escenario. Sabe que ha ido a escuchar a un cantante que dicen es famoso y mediático, que ha de cumplir con los ritos antes señalados y lo hace tan tranquilo. Y sólo aquellos que tienen un poco de idea de lo que se trae entre manos el intérprete --o bien quienes gozan de buen oído musical (pues yo siempre he creído que para saber si una interpretación operística es buena, regular o pésima tampoco hay que ser Rodolfo Celletti, pues eso se percibe enseguida)--, abuchean, abroncan o, sencillamente, no aplauden para mostrar su disconformidad. En fin, Serafín. Todo depende de que la casualidad ponga a más o menos cantidad de personas entendidas, interesadas o con buen gusto en el aforo de ese día. De modo que, según lo que se siente en las butacas, así sonarán los aplausos y los abucheos (o pitadas, o pataletas). Dejando al margen, claro, el factor tifoso (que también pesa lo suyo, aquí y en las plazas de toros).
¿Además de todo lo dicho hay un factor de "decadencia" del género que también debería ser considerado en el análisis? Desde luego yo creo que sí: cada vez se sabe menos de canto, se conocen peor sus fundamentos y sus reglas básicas y se tienen, por tanto, menos elementos de juicio para valorar lo que oímos. Pero creo que oídos de alpargata y mal gusto los ha habido siempre (incluso en los momentos de mayor pujanza del género). Así como una minoría de público realmente preparado para saber analizar con conocimiento de causa lo que sonaba sobre los escenarios.
Por cierto: el estado vocal del mejicano (que nunca me ha gustado una pizca, todo sea dicho) es, ciertamente, lamentabilísimo, patético e insufrible (con ese pollito que le bailotea de modo permanente en el gaznate, como si acabara de salir de un local de fiesta en Nochevieja, o de un mitín en una cervecería de Baviera). Fuera de estilo, fuera de control, fuera de gusto, fuera de todo...