STINCHELLI, Enrico.
Le stelle della lirica: i grandi cantanti della storia dell'opera.
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La escuela Celletti: Apocalypse now
El boom rossiniano, como tantas otras modas, debía acarrear consigo ángeles caídos, frutos inmaduros y excesos grotescos. Se encuentran resumidos en los dos alumnos aventajados de la denominada “escuela Celletti”, que toma su nombre del exegeta y maestro de canto, activo durante diez años como director artístico y profesor del Festival della Valle d'Itria di Martina Franca: estamos hablando de William Matteuzzi (Bolonia, 1957) y Giuseppe Morino (Asís, 1950).
Ambos constituyen el típico ejemplo de tenor de laboratorio, conejillo de Indias para experimentos peligrosos, constructo diseñado sobre teorías e interpretaciones desunidas de tratados antiguos, textos antediluvianos y visiones al límite de lo paranormal. Matteuzzi se ha hecho famoso por el uso estratosférico de su falsettone, apurando hasta el fa sobreagudo en casi todas las óperas que canta: sus variaciones y cadencias (en Cenerentola como en Barbiere, Conte Ory, Italiana in Algeri, Ricciardo e Zoraide, pero también en Figlia del reggimento o Puritani) han superado el límite del buen gusto en numerosas ocasiones, asemejándose más al gato cuando le pisan la cola o al llanto del neonato que a un héroe de ópera romántica.
El caso de Morino es todavía más clamoroso. Surgido del “talent scout Celletti” en el Duomo de Asís, sometido a una full-immersion vocal sobre las huellas de los castrati, modelado a imagen y semejanza de un viejo y trémulo disco de 78 revoluciones, Morino se ha encontrado con una de las voces más desafortunadas e ingratas de la historia del canto, a lo que se añade una presencia decididamente impresentable. Sin embargo, antes de la inexorable decadencia y de sus problemas en los tribunales, cantó incluso en La Scala (Falstaff, Lucia di Lammermoor, Alceste). Imperio de los agentes, sordera de los directores artísticos.
Hala, Quint, te llaman por aquí.