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FUNCIÓN DEL 19 DE DICIEMBRE
Dieciséis funciones ha programado el coliseo lírico madrileño de este mítico título del repertorio operístico decimonónico, uno de los más populares, celebrados y representados. Dieciséis funciones que, imagino, serán llenos completos, como ocurrió durante la velada de anteayer, que me propongo comentar brevemente.
Una vez más, lo peor de todo en estas funciones vuelve a ser la propuesta escénica: un montaje feo, cutre, soso, carente de imaginación y manido hasta la el aburrimiento, que opta (¡cómo no!) por descontextualizar cronológicamente el libreto, para situarlo (¡qué original!) en época contemporánea; concretamente en los años 70 del pasado siglo, y en un lugar indefinido que podría ser cualquiera, menos la España de la primera mitad del XIX. En resumen: lo de siempre. De tan manida propuesta, en todo caso, sólo puedo decir como bueno que tampoco estorba, en general, el desarrollo de la acción y el buen entendimiento del drama, si bien es verdad que, al menos, una de las "geniales" aportaciones dramáticas de Damiano Michieletto y su equipo —mostrar en escena cómo se paga un rescate para liberar al oficial Zúñiga (al que se han llevado secuestrado Carmen y sus conmilitones, algo que no aparece en el libreto)— hace que se acabe desnaturalizando por completo la evolución psicológica de los dos personajes protagonistas del drama, pues al proponernos (como hace Michieletto) que sólo ha transcurrido una noche entre lo sucedido en la taberna de Lillas Pastias y el acto III, difícilmente puede entenderse el hastío de Carmen hacia don José, y la transformación que éste ha sufrido, actuando como un celoso enfermizo y violento, que no dejará de sufrir hasta el final de la obra. Pero con ello nuestro genio de turno tiene su momento de gloria y justifica, imagino, parte del sueldazo que habrá cobrado por dirigir escénicamente esta producción. No podía faltar, por supuesto, otro lugar común habitual en las recientes puestas en escena, obsesionadas por explicarle al público lo evidente y dárselo masticadito. Me refiero a la antropomorfización de un tema, una idea, o un sentimiento por medio de un personaje que se muestra omnipresente a lo largo de la función. En la reciente Traviata del Real la cosa giraba en torno a la muerte, y la figura era la de un pelma y omnipresente doctor Grenvil, que prácticamente no abandonaba el escenario en ningún momento; en el caso de esta Carmen, la idea percutiente es la de la madre tiránica y el hijo alienado, personificada en una señora vestida de negro, peineta y mantilla, como las manolas de la Semana Santa vallisoletana o zamorana, que aparece y desaparece portando consigo una carta de tarot de la muerte e interactúa con los personajes. Lo más gracioso de todo es que esa aportación supuestamente innovadora de Michieletto, al final acaba siendo un argumento para explicar (y justificar, en cierto modo) el comportamiento posesivo y celoso de José, (¿y el asesinato de Carmen?), hechos de los que —merced a esa propuesta psicologista— no sería plenamente responsable, al tratarse de un individuo alienado, lleno de traumas y enmadrado, por haber padecido una existencia sojuzgada a una progenitora posesiva y dictatorial. ¡Qué cosas! En resumen: propuesta escénica completamente olvidable y que nada aporta (excepto los pingües beneficios que se habrán embolsado quienes la pergeñaron).
En el terreno musical empezaré señalando que la dirección de la coreana Eun Sun Kim resultó deslavazada y falta de matices, pues estuvo más pendiente del volumen que de las diferentes calidades tímbricas, confundiendo energía con velocidad, y suntuosidad sonora y exotismo con aparatosidad. Así, por ejemplo, la ejecución del preludio del acto I y del entreacto del IV resultaron atropelladas por lo vertiginoso de los tempi —hasta llegar a poner en peligro, incluso, la correcta concertación—, y también mostraron un exceso de decibelios, mientras que el bellísimo entr'acte que nos introduce en el III resultó demasiado prosaico, anodino y carente de ensoñación, suavidad y poesía.
Si servidor midiera el éxito y adecuación de un intérprete al personaje sólo en función de los aplausos cosechados, entonces debería reconocer que Aigul Akhmetshina no fue la gran triunfadora de la noche que comento. En este caso, dicho mérito correspondería a la soprano principal, de la que luego hablaré. Sin embargo, para mí no cabe duda de que la mezzo rusa fue la mejor solista de la velada, tanto por medios vocales, como por adecuación y empeño escénicos. Con su voz carnosa, empastada, homogénea en todo el registro, de cálido timbre, riquísima de armónicos, centro bello y rotundo, grave consistente y agudo timbrado y suficiente (aunque el instrumento se resienta algo en la parte más extrema de ambos registros), Akhmetshina dio vida a una Carmen de muchos quilates, que podríamos definir de raíz belcantista —lo que no sorprende, teniendo en cuenta de dónde viene nuestra mezzo—, muy bien cantada, con un fraseo correctamente cincelado, numerosos matices expresivos, perfecta dicción y buena adecuación al estilo, renunciando a excesos veristoides susceptibles de afear la línea de canto. Además, su excelente figura y exótica belleza, así como el desparpajo y la naturalidad con que se mueve sobre el escenario contribuyeron también a redondear una actuación que podríamos calificar de bastante satisfactoria, y que nos hace mantener la esperanza de que veremos otras actuaciones suyas muy superiores en próximos años. Con todo, y a pesar de haber debutado en el rol hace ya algún tiempo (con 21, al parecer), se percibe que la intérprete de Baskortostán aún no lo tiene tan rodado como sería deseable, pues su Carmen es algo superficial y carece del carisma que cabría esperar de un personaje como éste. Debe profundizar en él para explotar su enorme potencial dramático, expresar todos los matices psicológicos y dotarlo de la riqueza temperamental que encierra, pues se trata de uno de los roles femeninos más icónicos del gran repertorio. Aunque también debo decir en favor de Akhmetshina, que la burda propuesta escénica de Michieletto tampoco ayuda demasiado a dar mayor hondura psicológica al personaje, pues lo convierte en una vulgar niñata.
Charles Castronovo fue un don José insuficiente, de voz mate, emisión trasera, falta de homogeneidad en los registros y sonidos estentóreos, aunque ciertamente su interpretación fue mejorando algo a medida que avanzaba la velada, sin duda como resultado de que la voz se iba calentando y colocando. Resultó más creíble y eficaz en los dos últimos actos, donde se exige al intérprete un canto más arrebatado, menos proclive a matices y sutilezas, para expresar toda la desesperación que el personaje está viviendo. Pese a todo, y aunque las limitaciones señaladas estuvieron ahí siempre, la lectura que hizo de la "romanza de la flor" mostró empeño por matizar, e intentó rematarla tal y como pide la partitura (en piano, (rallentando e diminuendo), aunque el cantante no consiguió mantener la nota demasiado tiempo. Siempre con un sonido mate y sofocado en el tenso final del acto III («Je te tiens, fille damnée!»), y correcto, sin más, en el impresionante dúo final, donde ambos protagonistas, sin embargo, resultaron tan fríos como la puesta en escena y la propia dirección musical. Una circunstancia paradójica y preocupante, considerando lo electrizante de ese momento.
Tampoco puedo dedicar excesivos parabienes al anodino Escamillo de Lucas Meachem, ya que al barítono estadounidense le faltó autoridad, señorío, desparpajo y, sobre todo, esa vocalidad exultante, vigorosa, viril, llena de alegría y despreocupación que solemos identificar con el extrovertido toréador bizetiano, y que tan necesaria resulta para caracterizarlo como lo que es: un atractivo hombre de éxito que, fundamentalmente, disfruta de la vida y sus placeres sin mirar al mañana (a la postre, la pareja ideal para Carmen y auténtica némesis del obsesivo don José). Meachem, sin embargo, desplegó una voz con escasa proyección —algo fatal para su número de lucimiento—, y un apoyo más que discutible, con graves insuficientes y agudos bastante desguarnecidos. Por otro lado, y como ocurre con el personaje del que hablaré a continuación, parece que la figurinista estaba dispuesta a ridiculizarlo cuanto fuera posible, pues sólo así puede entenderse que enfundara al corpulento Maechem en un traje de luces que le quedaba francamente mal, y que lo hiciera después de haberle vestido antes como a un chuloputas en el acto III.
Resulta difícil empatizar con el tierno e inocente personaje de Micaëla, cuando al genio escénico de turno se le ocurre presentarla como si fuera Betty la Fea, que es el caso de esta horrible producción. Ciertamente, y según el planteamiento original del libreto, la joven navarra debe aparecer recatada, modesta, sencilla, tímida, bastante provinciana, e incluso algo gazmoña, pero mostrarla como si fuera una auténtica retrasada mental, con trastorno de personalidad, traumas de todo tipo y una obsesión enfermiza por don José, ya roza lo indignante. Por si todo esto no bastase, la figurinista viste al personaje con unos trapos que ni siquiera Cáritas aceptaría como donación. Sólo faltaba que le hubieran pintado unos granos gordos de acné en la cara, y algún diente negro para simular una mella. Lo cierto es que con tan horribles mimbres tuvo batirse la soprano franco-guatemalteca Adriana González. Y no salió tan malparada, pese a que todos los elementos escénico-dramáticos estaban en su contra y además tuvo que luchar contra la atronadora dirección musical de Kim. Pese a ello, pudimos apreciar una voz de lírica plena, flexible, con emisión ortodoxa, que se plegaba con facilidad para frasear y con la que nos regaló algunos filados muy interesantes. Algo forzada, eso sí, en la zona aguda, y poco expresiva, aunque ajustada en estilo. Su número de lucimiento —tan hermoso, íntimo y definidor del personaje— fue muy bien recibido por el público (de hecho es el que recibió mayores aplausos, por encima de las intervenciones estrella de Carmen), aunque a un servidor tampoco le pareció como para echar las campanas al vuelo. En todo caso, resultó exasperante ver corretear, de un lado para otro, a esta Micaëla histérica, trastornada y llena de complejos que nos proponen Michieletto y sus secuaces.
Me gustaron los cuatro comprimarios que forman el círculo de confianza de Carmen, destacando quizá a los dos personajes masculinos: el Dancaïre de Lluís Calvet y, sobre todo, el Remendado de Mikeldi Atxalandabaso, que parecía un hermano gemelo del Torrente de Santiago Segura. Muy correctas, asimismo, las dos féminas contrabandistas, aunque si tuviera que elegir a una de las dos, me inclino por la Frasquita de Natalia Labourdette, pues aunque vocalmente resultó demasiado liviana y algo superficial, sin embargo, desde el punto de vista actoral exhibió un desparpajo que le vino muy al personaje (máxime por ese tono cutre y barriobajero que asigna la producción a todos los personajes). Regulero el Zuniga de David Lagares y correcto el coro.
A modo de colofón quiero decir que algo no terminó de funcionar durante la velada, pues los aplausos tras los números principales fueron muy tímidos, cuando no inexistentes (con una sola excepción, eso sí: el aria de Micaëla en el acto III). Resultó tan palmario este hecho que llegué a comentarlo con mi acompañante. Una anécdota, en definitiva, que me parece curiosa y que tampoco pretendo convertir en axioma indiscutible, aunque sí resulte bastante reveladora, pues hablamos de una de las óperas más famosas y populares del repertorio; una obra de la que todo el mundo, en mayor o menor medida, ha escuchado algún fragmento. Yo, particularmente, tengo claro a qué se debió esa frialdad, esa falta de empatía y comunicación entre el público y el escenario. Y el problema no estuvo en Bizet (y apostaría a que tampoco en los intérpretes solistas, pese a las limitaciones ya señaladas).
_________________ "Tornate all'antico e sarà un progresso" (Giuseppe Verdi, compositor y genio).
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