UNA DIVAZA EN MADRID
Me refiero, obviamente, al recital que dio ayer
Anna Netrebko en el Teatro Real, complementando, así (imagino) el importe del exagerado caché que seguramente va a cobrar por su participación en
Il trovatore, que está al caer. Aunque ciertamente Netrebko no vino sólo a cubrir el expediente, pues cantó y cantó mucho. Y una "divaza" digo porque, como bien han expuesto Tunner y Le Gouver (en el hilo de
Pequeñas crónicas: https://www.unanocheenlaopera.com/viewtopic.php?p=828204#p828204 y
https://www.unanocheenlaopera.com/viewtopic.php?p=828204#p828204), corre por su venas la sangre que diferencia a las verdaderas estrellas de las que no lo son: hipnotismo embriagador con su sola presencia (a mí, particularmente, no me vuelve loco, pero el público estaba enfervorizado), soltura y desparpajo para moverse sobre el escenario, implicación profundísima con lo que canta, capacidad para transmitir emociones, un instrumento que, a pesar de las limitaciones actuales, sigue siendo impactante (oscuro, terso, pastoso, rico de armónicos, voluminoso, denso), y la virtud para propiciar reacciones de todo tipo: buenas, en la mayoría de los casos; malas en otros, como quedó demostrado con la presencia de unos pocos manifestantes (apenas una decena) en la puerta del teatro, que portaban banderas de Ucrania y gritaban, a quienes íbamos entrando en el coliseo, que la Netrebko es amiga de Putin y corresponsable de lo que está ocurriendo en el viejo Rus de Kiev.
En el programa, gran heterogeneidad estilística, mucho repertorio ruso (cosa lógica), algo de ópera italiana y francesa y un toque de exotismo con el fragmento
Heia, heia! In den Bergen ist mein Heimatland, de la opereta
La princesa gitana, de Emmerich Kálmán, que sirvió para que Netrebko luciera palmito, gracejo y su buen
savoir faire escénico.
La soprano rusa fue de menos a más, y abrió el concierto con una pieza que venía a certificar lo que es en la actualidad: una diva como la Adriana Lecouvreur a la que dio vida en esta primera intervención. Pero la voz aún no estaba en su punto, y la de Netrebko sonó algo calante en la franja superior y con cierto
vibrato (una característica que, no obstante, permaneció a lo largo del concierto, aunque en menor medida, y especialmente en aquellos pasajes de línea melódica más sostenida y continuada). A medida que el instrumento fue calentando, la prestación mejoró. En cualquier caso, lo más destacable de la noche, en mi opinión, vino de la mano de Bellini y del bellísimo monólogo de Giulietta en
I Capuleti e i Montecchi, Oh! Quante volte ti chiedo, que Netrebko escanció con absoluto arrobo canoro y plena entrega dramática, fraseando con delectación (en un tempo que, no obstante, resultó moroso en exceso), y proyectando esa voz suya tan opulenta, carnosa, oscura y de sólidos graves, pese a lo cual no encontró obstáculo alguno para blindar sus ascensos al agudo y apianar de modo muy expresivo y eficaz en el Sib 5 de
brillar (en la frase
il brillar del giorno), y en el Do6 de
tuo de
un tuo sospir. En cuanto al resto del concierto, la soprano rusa tan hizo lo que quiso que hasta nos birló el
duetto de la Carmen bizetiana
(Les tringles des sistres tintaient, anunciado en el programa, y lo sustituyó por la
Barcarolle de
Les contes d'Hoffmann, sin advertir previamente del cambio. ¿Para qué, si el personal estaba entregadísimo?
El segundo puntal de la velada, por detrás de la indiscutible Netrebko, fue el excelente pianista
Pavel Nebolsin, seguro, directo, expresivo frente al teclado, que destacó en su continuada labor como acompañante y, sobre todo, como solista en el lóbrego, solemne y grave
Preludio en Do sostenido menor de Rajmáninov, y en el alegre y virtuosístico
Rondó brillante en Si bemol mayor de Glinka. Cumplidor el violinista alemán
Kurt Mitterfellner y dócil compañera de la diva la
mezzo, también rusa,
Elena Maximova, que lució un instrumento oscuro pero sin brillo y de emisión trasera y engolada.
Ahora queda ver cómo está la superdiva en las próximas funciones de
Il trovatore, donde pienso volver a verla (si los hados no lo impiden).