¡Coñe! Pues no sabía que en el ABC también tuviera amigos. ¡Qué barbaro este Halffter!
La leyenda, más negra
Carlos Tarín
http://www.abcdesevilla.es/20110626/cul ... 52112.htmlEstamos acostumbrados a que los escenógrafos que vienen del teatro perpetren atentados contra la ópera, a la que llegan buscando la consagración de su carrera. Lo que no es costumbre es que alguien que se ha criado dentro nos presente una visión tan pedreste y errada como ésta. Los cuatro años que Schiller necesitó para distinguir la paja del trigo en la historiografía de la época sobre la Leyenda Negra, el trabajo extenuante de Verdi con sus libretistas, sus siete versiones de la ópera, para cuidar cada intención y detalle, todo saltaba por los aires, a favor de una visión burda y obvia. Un crucifijo gigante para simbolizar el poder de la Iglesia. Muy original. Lástima que sin movernos de este teatro viésemos lo mismo hace año y medio («La favorita»). Verdi era un anticlerical confeso, pero para representar a esa Iglesia que no le gustaba le bastó un Inquisidor viejo y ciego, es decir, una Iglesia trasnochada, que no veía más que pecado. Presentarlo con una corona de espinas, un cilicio y la espalda flagelada hasta la sanguinolencia abunda en la sutileza monegasca. (Y, además, los Inquisidores torturaban, no «se» torturaban). Luego pinta a un rey irascible hasta la violencia. Felipe II sería muchas cosas, cruel también, pero no como para intentar abrirle la cabeza a un anciano de 90 años (cuya muerte podría poner fin a su reinado) o matar con la espada a su hijo. Pero la escena nos plantea la eterna lucha entre el poder espiritual y el temporal, en la que ambos resumirían los argumentos seculares que sostenían sus posturas; era un diálogo de la Historia sublimado por la música de Verdi: ¿eso podía terminar a cachiporrazos? Y Felipe II no mata con la espada a su hijo. No puede. Pero el hallazgo para que finalmente Don Carlos fuese abducido a la tumba de y por su abuelo le pareció a Verdi un rasgo simbólico, mágico, el único final posible. Pero a Del Monaco, no. Estupendos vestuario e iluminación.
En las voces hubo de todo, aunque la triunfadora de la noche fue la mezzo Dolora Zajick, de voz muy bien impostada, con gran proyección, capaz de sortear los grandes saltos y caer en profundos graves sin engolar ni cambiar el color. Magníficos el carácter y los melismas de la «Canción del velo», el único momento musicalmente español de la obra. Ódena fue creciendo con su personaje, hasta firmar su mejor momento en la muerte de Posa, donde se mostró por fin plenamente expresivo, de registro rico y conmovedor. La Isabel de Cedolins atesoró un bello timbre, muy cuidado, homogéneo, jugando con inteligencia con los filados, si bien su volumen limitado, el permanente desarrollo de la trama hacia el fondo y una orquesta poderosa enmudecieron su trabajo. Chanev es una voz muy desigual, no sólo en color, sino en prestancia, volumen, equilibrio…; su Don Carlo quedó muy condicionado, levantando sólo el vuelo cuando cantaba agudos en forte. Dos bajos protagonistas, más el del fraile, fueron otro de los atrevimientos verdianos; y fueron muy distintos. Orlov era más poderoso, pero nos pareció más irregular y nos hubiera gustado más incisivo, dramático, algo menos plano a veces; y frente a este Felipe, el Inquisidor Ulianov poseía un color mucho más limpio, brillante (qué claridad de dicción), aunque ello restó un poco de «perversidad» al rol —y aún así alcanzó el abisal Mi de «Sire»—. Radó cantó una voz sepulcral espléndida, y la idea de que no saber de dónde venía el sonido fue un hallazgo del «regista». El coro también fue subiendo poco a poco, desde el inicio un tanto inseguro de las voces masculinas, hasta ir consolidándose bastante bien hacia el equilibrio, firmeza y la compacidad tímbrica.
La orquesta estuvo espléndida en todas sus secciones, pero permítasenos destacar esta vez el trabajo del metal, y más particularmente las trompas que iniciaron los actos extremos y las trompetas. Sin duda tiene mucho que ver el trabajo de Halffter, que al final consigue un instrumento de sonido perfecto, rozando el hedonismo; y en esa danza orgiástica en la que convierte su dirección no siempre se acuerda que al otro lado del muro sonoro que levanta hay cantantes, y no todos con el mismo volumen. A Ulianov le dio igual, porque se le oía al fondo con la orquesta a todo gas; pero ya lo hemos dicho de Cedolins (a la que se la empezó a oír muy bien en «Tu che la vanità», pero poco a poco fue deglutida). El momento óptimo de equilibrio llegó con la muerte de Posa, y en aquellos momentos en que la riqueza orquestal campaba en solitario por el magnífico foso.