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Os dejo mis impresiones, aunque tarde, del día del estreno.
THE LIFE AND DEATH OF MARINA ABRAMOVIĆ
Mucho se ha escrito sobre la preeminencia e incluso la tiranía de los directores de escena sobre los demás intervinientes en las actuales producciones operísticas. Su proyecto estético se suele anteponer no solo a los criterios u opiniones del director musical o de los cantantes sino también a la propia literalidad de la música o textos escritos por el compositor y libretista.
Al parecer, debemos considerar la obra The life and death of Marina Abramović, como una ópera. Se ha representado en un teatro de ópera, el Teatro Real de Madrid; ha sido incluida en un abono de ópera y, se ha repetido de manera insistente por los gestores del teatro, especialmente por el director artístico, que se trataba de una obra actual que representa el futuro de la ópera pues es el modelo hacia donde se dirige el género lírico para no caer en la fosilización o como mínimo en el manierismo derivado de la repetición de modelos, al parecer, caducos.
Pues bien, creo que esta obra refleja verdaderamente la deriva que puede presentar la ópera en su proyección hacia el futuro. Al director de escena, como ocurre en esta ópera, se le va a encomendar no solo la puesta en escena de un texto dramático musicado o de una música instrumental y cantada sobre un texto escrito que soporta una acción dramática, sino la creación de la totalidad del espectáculo mismo.
La vieja discusión sobre la primacía entre el texto y la música ya se ha resuelto, pero a favor ni de uno ni de la otra, lo que primará de aquí en adelante será la imagen. La imagen creada por el director de escena con los recursos escenográficos a su disposición, decorados, iluminación, vestuario, proyecciones, etc. A través de esas imágenes construidas sobre las tablas por el director se desarrollará la supuesta acción dramática sobre un texto quizá poético y simbólico más que narrativo (no olvidemos que el director de escena no deberá tener necesariamente formación literaria). Lo importante será la escena no el texto y su calidad literario-dramática.
La música cumplirá igualmente una función secundaria, se recurrirá a cantantes pop creadores de melodías sencillas y cautivadoras que sean apreciadas por un público cómodamente desinformado por los medios de comunicación de masas, acompañadas por unos cuantos instrumentos eléctricos. A los cantantes se les amplificará igualmente la voz por lo que no será necesaria impostación alguna y llegado el caso se tratará la emisión electrónicamente antes de la escucha por el público. Debido a estas facilidades los artistas procedentes de otros campos, como los actores o los performers, también cantarán aunque sea penosamente. Los compositores que intervengan lo serán en todo caso de música ambiente, chillout o electrónica para los que primará la recreación de un espacio, el refuerzo de la composición escénica (que no necesariamente de la acción) o de la sensación (que no emoción o sentimiento) que la misma pretende transmitir con la utilización de una iconografía o escenografía determinada.
Con todos estos presupuestos se crean (que no se componen o escriben) obras como La vida y la muerte de Marina Abramović que, dicho sea ya desde el principio, merece la pena contemplar y escuchar. Ahora bien opera, ni antigua ni presente ni del futuro, no lo es. Consiste en una sucesión de tableaux vivants muy bien concebidos, muy trabajados, perfectamente compuestos e iluminados que recorren determinados acontecimientos de la vida de Marina Abramović.
El trabajo de esta performer a lo largo de su carrera profesional constituye una de las muestras más coherentes y honestas de este tipo de manifestación artística. Ha tenido una presencia e influencia importante en los medios artísticos, consiguiendo la finalidad principal de la acción artística o performance art: convertir sus experiencias vitales en obras de arte. Lo cual no significa que su vida, por muy atormentada que haya sido su infancia o accidentada su vida sentimental, sea materia lo suficientemente interesante como para sostener un espectáculo dramático-musical. Sobre todo si se prescinde de un buen dramaturgo que la articule y la formule literariamente para la escena. Por poner un ejemplo reciente de la programación del propio Teatro Real, la vida de San Francisco, en San Francisco de Asis de Messiaen, ofrece mucha más riqueza desde el punto de vista temático y estructural; mientras que dejar el libreto en manos de la compositora sin experiencia dramática en La Página en Blanco de Pilar Jurado produjo un resultado en este punto igualmente vacuo e inane que el de La vida y la muerte de Marina Abramović.
Las diferentes escenas son de alguna manera hilvanadas por el narrador protagonizado por Willem Dafoe, que demuestra con su actuación una extraordinaria preparación y carrera en el mundo teatral, marcando las diferencias con la propia Marina Abramović que en su papel de actriz, que no de performer, en esta obra presenta numerosas carencias, incluidos los errores en la recitación del texto y la falta de talento para cantar. Dafoe, por el contrario, es un actor magnífico y solo por su actuación valdría la pena asistir a la representación.
Los ingredientes musicales son utilizados por el creador-director de escena como pinceladas de color para componer dichos cuadros. La música ambiente electrónica compuesta por William Basinski cumple sorprendentemente una función casi de creación de espacio y de fusión con la iluminación. Las canciones de Antony Hegarty incluidas en el espectáculo son de una calidad notable dentro del panorama pop/folk actual. Su voz, escuchada en directo, es de un gran magnetismo con un bello timbre, agradable vibrato y un memorable control del fiato, que no se aprecia en las grabaciones fonográficas. Las interesantísimas canciones tradicionales serbias y balcánicas de Svetlana Spajić y su grupo son un contrapunto magnífico al resto de la música utilizada con la que se integra perfectamente enraizándola en la cultura de la protagonista.
El resultado de conjunto es magnífico si lo contemplamos desde la óptica de la primacía de lo visual que impregna nuestra vida actual o el panorama musical pop de la aldea global en la que vivimos pero que nadie nos intente engañar, incluido Calvo Serraller en el programa de mano, no es el paso adelante hacia la obra de arte total que aplaudiría Wagner como horizonte a seguir. Es más bien la expresión de las carencias, y no solo culturales de las que padecemos.
No obstante todo lo expuesto, he de confesar que disfruté de la representación de la que esperaba incluso menos. Pero en la oscuridad de la sala del Teatro Real el día del estreno, con rumores insistentes sobre la intervención económica de España, no podía dejar de pensar que estaba viendo un espectáculo en inglés (convenientemente sobretitulado), promovido por un gestor cultural belga-flamenco, encargado a un director de escena norteamericano, sobre la vida de una artista serbia, protagonizado por un actor estadounidense, con música y canciones de autores británicos, todo ello pagado con dinero del contribuyente de todo el territorio español. No sabía si felicitarme por vivir en este país tan internacional o iniciar una "querelle des bouffons".
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