Abdallo escribió:
Pavachotis escribió:
Domingo ya no está para cantar, ni de barítono ni de tenor, ni en minirecitales como este. Solo conserva la belleza tímbrica, de lo demás, nada: trémolo de persona mayor, cero agudos, cero graves, canciones de tenor bajadas varios tonos, muy errático en las letras y las entradas de algunas piezas incluso con las partituras delante
¿Qué puede motivar que Plácido Domingo siga (es un decir) en la brecha? ¿Cómo es posible que alguien, a los ochenta y cinco años de edad, persista en una profesión (otro decir) para la que ya no está capacitado? Desde luego, no creo que lo haga por dinero. Entonces, ¿lo hará por afán de protagonismo? ¿o porque quiere morir en el escenario? Yo apostaría a que lo hace por narcisismo o por soberbia.
Como asistente al concierto de ayer en Santander y, sobre todo, saludando después a Domingo dentro del Palacio de Festivales, estoy totalmente de acuerdo con lo expresado por Abdallo.
En primer lugar, me hubiera encantado saludar a Pavachotis, con quien coincido en la mayoría de las cosas que cuenta del concierto.
Ya son bastantes las veces que le he escuchado a Domingo en esta fase de falso barítono, y tengo que decir que ayer estuvo mejor de lo que pensaba que iba a estar; mis expectativas eran muy bajas, y aunque hay mucha trampa (escandalosas bajadas de tono, como en el “no puede ser”, que hacía que las partes más centrales y graves resultaran casi inaudibles), todavía quedan momentos en que el timbre aparece milagrosamente terso y hay un saber decir, un fraseo, una musicalidad después de toda una vida cantando, que a pesar de las trampas y trucos, puedo tener momentos de disfrute a pesar de lo anterior. Muchos de los tenores actuales me resultan “insípidos”, sin auténtica personalidad, como me ocurre por ejemplo con Tetelman que, a pesar de tener un estupendo material, lo maneja con la madurez de un adolescente y canta superficialmente, sin que transmita la profundidad de la música. Sin embargo, hay frases de Domingo que todavía me emocionan a pesar de que ahora su voz sea un 15% (es un decir) de lo que fue. El fiato está comprometidísimo, el agudo, que siempre fue su talón de Aquiles, ahora es casi inexistente, pero también la zona grave de la voz está comprometida, máxime cuando intenta cantar en una tesitura que no es la suya. Sin embargo, hubo momentos del “Nemico della patria” y del “Pietá rispetto amore”, que me emocionaron.
Por otra parte, el 95% de los asistentes que estaban allí (salvo Pavachotis y unas pocas personas más que sé que son realmente aficionados) habían ido a escuchar al fenómeno mediático, al famoso; había parte de la buena sociedad santanderina, que a lo sumo tendrán un par de discos de selecciones de ópera que escucharán en el coche; pero que desde luego ni sabrían decir cuáles fueron los papeles emblemáticos de Domingo y que no habrán visto en vivo nunca una Luisa Miller, ni una Valquiria, etc. Insisto en que estoy generalizando, pero es para entender el perfil de público. Evidentemente nada que ver con los que el otro día estaban en el recital de Lise Davidsen en el Círculo de Bellas Artes.
Pues el caso es que al acabar el concierto busqué cómo llegar a la zona de camerinos y vi que sí que había posibilidad de saludar a Domingo y al resto de artistas.
Estuvimos mucho tiempo de espera, pero al final apareció su hijo Álvaro, a modo de maestro de ceremonias, que al final resultó ser el alma mater del concierto y de muchas de las actividades de su padre, y ya por fin aparece Domingo con el resto de artistas, y se situaron en una mesa alargada, a modo de jurado, por la que pasamos, organizados en rigurosa fila, los que queríamos saludarles.
He de decir que tanto Irina Lungu, como Eva Marco, como Arturo Chacón-Cruz y Jordi Bernàcer fueron encantadores y nos recibieron con mucha simpatía. Al llegar a Domingo, que estaba en el centro, le expresé mi agradecimiento por todo lo que he disfrutado escuchándole (yo me estaba refiriendo no a esta noche, sino a su “carrera operística”), y entonces, cuando le digo que jamás olvidaré la Fedora que cantó en el Teatro de la Zarzuela con Renata Scotto y que esa noche no dormí de la emoción, se rebotó cabreadísimo, quejándose “pero es que eso es hace muchísimos años” y ya no quiso saber nada más.
Entonces entendí que lo que yo estaba viviendo como un agradecimiento emocionado al que fue un tenor extraordinario, él no quería oírlo porque eso era ponerle el espejo de que hace muchos años que pasó su época buena, y ahora solo quería escuchar halagos del momento presente. Aunque a mí me parece una obviedad que todos envejecemos, que en la vida hay que aprender a “soltar” a “dejar ir” y que tenemos que vivir la “pérdida” de aquello que fuimos, este señor está instalado en un presente narcisista en el que solo quiere recibir aplausos y que le digan lo maravillosamente que canta en la actualidad. Al final lo que le interesa es que los sponsors, la gente influyente le reciba y le alabe, aunque no le valoren como el grandísimo artista que fue, porque en el fondo a la mayoría de estas personas no les interesa la ópera más allá del acto social y de estar cerca de un famoso (no a todos claro, que todos conocemos personas muy influyentes en la sociedad y que son grandes melómanos).
En fin, que para mí ha sido un baño de realidad, y como antídoto a esta experiencia en los próximos meses solo escucharé a Björling y Bergonzi en los papeles que antes le escuchaba a Domingo, y la próxima vez que vea a Domingo le llevaré los CDs de la Traviata con Kleiber y Cotrubas para que me firme en el libreto al final del “O mio rimorso” y hacer más llevadero el Do conclusivo
