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DER FLIEGENDE HOLLÄNDER (TEATRO DE FESTIVALES, 6 AGOSTO)
Extraordinaria función, desde el punto de vista musical, la que tuvimos ocasión de presenciar el día indicado en el teatro de la verde colina. De la propuesta escénica, firmada por ese enfant terrible que responde al nombre de Dmitri Tcherniakov poco diré, pues circula desde 2021 y es ya bien conocida. Sólo destacar que, como típico producto del konzept, y para justificar, imagino, los suculentos honorarios que su pergeñador habrá cobrado, éste se cree en la obligación de enmendarle la plana a Wagner y, al mismo tiempo, de adoctrinarnos con sus peregrinas ideas, de modo que desarrolla una historia paralela (ambientada, cómo no, en la estólida y monótona contemporaneidad de los años 80-90 del pasado siglo). Además, para rematar la faena y mostrarnos su talento profundo y transgresor, decide renunciar a los dos temas esenciales que interesaron a Wagner y espolearon su imaginación al componer está obra maestra del Romanticismo: la redención del alma condenada a través del amor fiel hasta la muerte, y las continuas referencias al mar, esenciales para entender la psicología de los personajes, imprescindibles para el desarrollo lógico de la acción, y definitorias de una obra en la que, como bien señaló Felix Mottl, allá por donde abras la partitura el viento te golpea en la cara. Vamos, cosillas sin importancia. En su lugar, Tcherniakov aburguesa y vulgariza la historia original, convirtiendo a los personajes imaginados por su creador en prosaicos y chabacanos habitantes de un pueblucho que debería ser opresivo —si atendemos a la propuesta de la dramaturgia paralela—, pero que, sin embargo, resulta casi naíf, por el modo "cuqui" y recoleto en que se ha resuelto el decorado. En realidad la puesta en escena no estorba demasiado, pues resulta pragmática, funcional, y presenta una coherencia (aunque sea ajena al drama original) a la hora de mover a los personajes por el escenario. Pero entonces llega el momento catártico —preparado desde el principio de la función por unas escenas mudas introductorias que se desarrollan mientras se oye la obertura—, y entonces todo se cae como un castillo de naipes, pues lo que hasta ese momento había servido para llenar la escena y acompañar la acción (aunque tuviera poco que ver con ella), acaba trastocando por completo el sentido último de esta "ópera romántica" (por algo la definiría así Wagner), ya que ni hay amor apasionado y fiel hasta la muerte, ni se adivina presencia alguna de maldición y de destino inexorable, pues todo se nos hurta con el tiro por la espalda que Mary —convertida en esposa de Daland por obra y gracia de Tcherniakov— le pega al Holandés dejándolo tirado en el suelo ante la atónita mirada de Senta. En fin, que con estos mimbres escénicos hubo que bregar como sufrido espectador.
Menos mal que la parte musical vino a salvar lo que la propuesta escénica desnaturaliza por completo. Y se comprende, porque la relación de la directora ucraniana Oksana Lyniv con esta partitura es ya larga (debutó en 2021, con esta misma producción, teniendo el honor de ser la primera mujer que dirigió en el Festival tras 145 años de andadura), y ha dado como resultado una maduración que se deja sentir a todos los niveles. En primer lugar yo destacaría la evolución y soltura experimentadas en la actual lectura, que contrasta abiertamente con la tensión y excesiva sobreconcentración de los primeros años. La batuta, obviamente, ha ganado en soltura, dominio de los tempi, una respiración más libre y mayor variedad en las dinámicas, aunque se sigue caracterizando por la fuerza y marcialidad del pulso, la firmeza y un brío que resultó especialmente destacable en la obertura, manejada con un tempo general vibrante, severo y que no dio tregua. Excelente la orquesta.
No obstante, el verdadero plato fuerte de la velada estuvo, para el que suscribe, en el Holandés del joven bajo-barítono de Alabama Nicholas Brownlee (¡¡menudo Wotan de ensueño nos espera en los próximos años si las cosas no se tuercen!!). Entretanto, y mientras llega el momento de escucharle en la piel del atribulado dios de los pactos —cosa que, al parecer, podrá ocurrir en el propio Festspielhaus, en 2028, si los hados no lo impiden—, puedo asegurar que tenemos un navegante maldito de auténtico lujo, pues la voz de Brownlee bien podría utilizarse como ejemplo perfecto para ilustrar su tesitura en cualquier manual de canto. Es decir que nos hallamos ante un verdadero Schwerer Heldenbaron, Dramatischer Bassbariton, o, simplemente, Heldenbariton: inmensa potencia vocal, considerable extensión y volumen (con rotundas sonoridades oscuras y un registro agudo refulgente, timbrado, homogéneo, lleno, de resonancias muy heroicas) y una resistencia física a prueba de bombas, que Brownlee demostró sobradamente durante la función. Un instrumento que, especialmente en la franja superior (muy desahogada), me recuerda sobremanera al de George London, aunque en el caso de Brownlee los sonidos no resultan nada engolados (característica que, por el contrario, sí encontrábamos en el caso del canadiense). Lástima que un instrumento tan privilegiado y de tal calidad se desperdiciará, en buena medida, por una visión del personaje que le sustrae toda la grandeza, amargura, misterio, dignidad y nobleza presentes en la concepción wagneriana original, al quedar convertido, por obra y gracia de Tcherniakov, en un niñato traumatizado, vengativo y bastante hortera. Todo demasiado prosaico. En cualquier caso, y a pesar de esta losa, la prestación de Brownlee resultó espectacular y de un dramatismo desgarrador, pues, junto a las extraordinarias cualidades vocales que el intérprete posee de natura se añadió un sólido fraseo, adecuados acentos, y un óptimo uso del legato aunque aún le queda al intérprete camino que recorrer en lo que se refiere a variedad expresiva, canto a flor de labios y mayor cuidado de las dinámicas, elementos que, quizá, muchos consideren accesorios en un personaje tan contundente, oscuro y siniestro como el del Holandés, pero que necesita de ellos para transmitir los diferentes estados anímicos por los que atraviesa a lo largo de la acción: de la desesperación y fatiga absoluta del comienzo, a la vulnerabilidad, confianza e idealización que muestra frente a Senta, pasando por la cordial relación que establece con Daland por egoísmo e interés mutuo. En cualquier caso, el instrumento es apabullante, y en Bayreuth —que tanto beneficia a los cantantes— aún se aprecia mucho más. Su impresionante número de presentación (la espectacular aria (Die Frist ist um) resultó demoledora, terrible, a pesar de la ridícula situación dramática que Tcherniakov propone en ese momento, pues el Holandés, en lugar de aparecer sólo, concentrado y reflexivo, está sentado en un bar desde el principio de la escena y les relata sus cuitas a los tipos que le acompañan. Es decir que, por obra y gracia del genio de turno, un tío atormentado, adusto como pocos y lóbrego hasta decir basta se muestra encantado de confesar sus penas a unos desconocidos con los que acaba de coincidir. Todo muy plausible. En cualquier caso, y pese al lastre de lo escénico, la prestación de Brownle merece ser premiada con una matrícula de honor màs que merecida.
Un servidor iba convencido de que la Senta de la gran Asmik Grigorian —que se alterna en estas funciones con la noruega Elisabeth Teige— resultaría muy interesante, incluso a pesar de Tcherniakov. Reconozco que, en este caso, su temperamento y la condición de cantante-actriz que pasea por el mundo seguramente encajaría a la perfección con el perfil de mujer rebelde y emancipada que, supuestamente, exige la dirección escénica. Y así fue, en buena medida, aunque, a decir verdad, en más de una ocasión el personaje parece más una niña malcriada que una fémina autosuficiente. Y, desde luego, yo no veo mayor grado de emancipación, libertad y rebeldía que entregar la propia vida por amor hacia un hombre atormentado y necesitado de ese sacrifico. Hay que querer mucho, y tener un valor inmenso para hacer algo así. ¿Pero qué sabría Wagner de todo eso? Para aclarárnoslo ya está el bueno de Dmitri. Grigoriam, como suele ser habitual en ella, se entregó sin medida durante la función, ofreciéndonos una "balada" perfectamente delineada, llena de variaciones dinámicas que contribuyeron, y mucho, a acentuar el carácter alucinado y pasional del personaje. La voz de la lituana quizá no sea la ideal para el rol —que pide más volumen, carnosidad y opulencia—, pero debo decir que estuvo excepcional, tanto en los momentos más íntimos, como en las tensas escenas con el pelma de Erik y el defraudado Holandés, moviéndose con bastante autoridad por la zona más aguda de su particella, y dotando de densidad y hondura a su instrumento en los pasajes de mayor dramatismo.
Estupendo igualmente el Daland del bajo finlandés Miko Cares, que también adecuó su prestación a las exigencias del konzept, mostrándose como un individuo mucho más ridículo y prosaico que el ya de por sí interesado, pragmático y calculador personaje imaginado por Wagner. La voz es oscura, de acentos nobles, está bien timbrada, y muestra una excelente proyección. El cantante no tuvo especiales dificultades para llegar al agudo, que suena timbrado, aunque se mostró algo más limitado en la franja grave. Muy lucidas, y perfectamente ejecutadas, todas sus intervenciones solistas, en especial la hermosa Mögst du, mein Kind, den fremden Mann willkommen heissen, que describe perfectamente al personaje.
Con su voz potente, firme, timbrada, con mucho mordente y punta, de importante volumen y magnífica proyección, el tenor germano Benjamin Bruns consiguió expresar a la perfección el carácter posesivo, celoso, intransigente y algo neurótico del cazador Erik, eterno e insulso prometido de la soñadora y romántica Senta. Cada vez que aparecía en escena la temperatura subía varios grados, no sólo por su adecuación física y vocal al papel, como extraordinario ejemplo del característico jugendlich-dramatischer tenor, sino por el inteligente uso que hizo del fraseo y las dinámicas, remarcando así la parte apasionada y romántica que necesita el rol, lo que se apreció en la lírica y melancólica cavatina Willst jenes Tags du dich nicht mehr entsinnen, que canta en el último acto, donde le recuerda a la joven el día en que ella le juró amor eterno en la colina. Excelente prestación la de Bruns, en un rol que, pese a estar poco sobre el escenario, resulta de lo más exigente, pues además de sonar flexible y lírico, debe tener la suficiente potencia para atravesar la densa orquestación wagneriana, especialmente en las notas màs altas de su particella, y en las dos dramáticas intervenciones que tiene junto a Senta en el acto II: Mein Herz voll Treue bis zum Sterben, y Auf hohem Felsen lag ich träumend.
Correctísimo y sumamente juvenil el Timonel de Kieran Carrel, un rol en el que el citado Bruns triunfó en el pasado, y que el tenor germano-británico defendió con donosura, aunque con medios mucho más modestos que los de su compañero de cuerda.
Muy regular y bastante anodina la Mary de Nadine Weissmann. Espectacular el coro (tanto las voces masculinas, como las femeninas), en una obra donde su presencia resulta decisiva.
Conclusión: excelente función, a pesar de Tcherniakov y de su propuesta escénica (por rodada que esté y exitosa que haya sido).
Continuará mi crónica de este festival bayreuthiano (eso espero), si los calores y el descontrol propios de la canícula veraniega no lo impiden.
_________________ "Tornate all'antico e sarà un progresso" (Giuseppe Verdi, compositor y genio).
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