pasaelmocho escribió:
Se me ocurrió anoche al salir del teatro: ¿Qué tal una puesta en escena en la que Suor Angelica fuera la camella de una comuna hippy de mujeres en los años 60 y ella fuera la mala y la tía Principessa la buena?
Y lo perpetré:
http://pasaelmocho.blogspot.com.es/2012/11/suor-angelica.html¿Conseguiría la música de Puccini emocionar en este caso?
Pues yo creo que sí, aunque pienso que lo fundamental radica en cómo se interprete esa música. La base, el germen para pulsar la emoción están ahí, desde luego, pero a la postre ha de ser la acción teatral (y, sobre todo, la interpretación de los artistas) los que terminen dando sentido a la voluntad de Puccini. Ya he dicho que en la función previa que vi la música seguía siendo bonita, pero no me impacto de la forma en que lo hizo durante la segunda representación. El papel de Metzmacher y Dzhioeva fueron decisivos en este sentido. Y el ambiente del teatro también, desde luego...
Por otro lado, negarle la belleza a la música pucciniana (o ponerla en duda...), como hace Sutherliano. En fin, no sé qué decir. Por subjetivo que pueda ser eso de la "belleza" --cada uno tiene una opinión personal (aunque pienso que, en el fondo, hay valores más o menos universales)--, e incluso aunque no nos guste Puccini, negarle siquiera esa cualidad --intrínseca en el compositor de Lucca (con su sentimentalismo y sus bellísimas melodías sauce llorón)-- es algo que se me antoja artificioso. Pero vamos, que no entro en más valoraciones. Otra cosa, claro, es que se refiera a la belleza (u oportunidad) de un momento teatral determinado (al margen del puramente musical que, para mí, casi siempre es hermoso en Puccini).
Dicho esto, y aunque esto daría para otra entrada, nadie niega que una de las razones por las que don Giacomo no llegó a alcanzar el Olimpo de los más grandes --los grandes de verdad, me refiero (Mozart, Beethoven, Verdi, Wagner, etc.)-- es, precisamente, por esa debilidad casi endémica que tiene hacia el sentimentalismo y la búsqueda del camino "fácil" (entre comillas, claro) o más directo para alcanzar lo que otros hicieron a través de construcciones artísticas mucho más poderosas dramática y hasta filosóficamente (si me apuran). Es cierto que el de Lucca casi siempre acude a personajes o situaciones que sabe, con toda seguridad, impactarán poderosamente en el espíritu del oyente. Pero eso no es tampoco un demérito. Demuestra que era un gran hombre de teatro --la otra vía estaría representada, precisamente, por monstruos como Shakespeare o los citados Verdi y Wagner (que jugaron con arquetipos, grandes personajes como gigantes y una dramaturgia que exploraba los misterios del mundo y de la Humanidad)--, que tenía olfato dramático y que conocía perfectamente la psicología del ser humano. Lo que tampoco es moco de pavo... en este sentido, ser el cantor de las "cosas pequeñas" tampoco es mala cosa.
"Tié que haber gente pa to", como dijo El Gallo de Ortega y Gasset.
Su popularidad, por otro lado, habla mucho en favor de él (salvo que pensemos que la chusma poco puede opinar al respecto, claro). Lo cierto es que en todas las temporadas alguna de sus obras siempre ocupan primeros puestos en el ránking de las más representadas. Por algo será, digo yo...
Bufff, vaya tocho...
