Ahora, mi crónica.
La verdad es que salí levitando. Pero levitando con matices, que una cosa no quita la otra. Hubo muchas cosas que me encantaron, otras me gustaron menos, y otras nada. Vamos por partes:
–
Christie estuvo maravilloso, al frente de un conjunto de una ductilidad milagrosa. La diversidad de matices y de combinaciones tímbricas en el continuo y en el resto de los instrumentos llegó hasta el infinito. Precioso momento aquel en el que el acompañamiento se redujo a una guitarra barroca y muy poco más. Y todo un placer ver a Mr. Christie de cerquísima (bueno, su espalda

), controlando absolutamente
todo lo que sucedía en el no–foso, pues habían quitado la divisoria. Los que sólo fueron a ver los encantos de la soprano protagonista y no repararon en la maestría del grupo instrumental se perdieron uno de los mejores elementos de la velada. Para ponerse de rodillas, besarles los pies y darles las gracias.
–El gran triunfador de la noche fue para mí
Philippe Jaroussky, con el Nerón más caprichoso y malvado que yo haya visto nunca. No sé quien pudo decir que su visión del personaje era angelical y poética. De eso, nada. Jaroussky dibuja un Nerón muy juvenil, pero que impone su voluntad por encima de todo y de todos a través del miedo que causan sus caprichos tiránicos. En la Roma de Nerón–Jaroussky, la vida no vale un sestercio. Al que estorba ó protesta, se le mata, y a otra cosa. Como actor estuvo imponente: el famoso abrigo de plumas, que en las fotos no me había gustado demasiado, también refuerza esa imagen de "ave de presa" que es este Nerón siempre al acecho de los que le molestan. Una criatura nocturna, lascivo hasta el límite y esclavo de sus pasiones. Vocalmente, Jaroussky estuvo muy bien (de soso, nada, Monsieur le Marquis

; para soso, Cencic), pero al límite en algunos momentos. El contratenor francés hace un Nerón inolvidable (y toda mi vida celebraré haberlo visto en este papel

), pero no debería prodigarse en él, porque realmente estaba al límite de sus posibilidades vocales. Queremos Jaroussky para muchos años, y su Nerón es maravilloso, pero puede pasarle factura.
–Mi expectativa con
Danielle De Niese en Popea era muy baja: tan baja, que resultó una sorpresa agradable su interpretación en la función del 21. Pero hay puntos oscuros en su Popea. Vocalmente, tiene una desagradable tendencia al portamento buscando una manera más sensual de decir el texto, pero con unas inflexiones que llegan a cansar. No domina la ornamentación de la época, la
gorgia que procede del compositor y cantante Giulio Caccini. Se le atraviesa especialmente el
trillo (repetición rápida de un mismo sonido, una especie de
tremolo vocal que puede tener variaciones de velocidad), resultando a veces un híbrido caprino lindando con Juanita Reina. Pero el mayor inconveniente que veo a la Popea de De Niese es su falta de sutileza. Una
chenchualidad demasiado evidente, porque el personaje no es sólo eso. Le faltó ese punto de frialdad calculadora y sibilina que es imprescindible. Más bien podía pasar por la esclava más exhuberante de Popea vestida con las túnicas de su señora y lanzándose sobre cualquier ser del sexo masculino que estuviese cerca. Popea es sensual, sí, pero utiliza la lascivia como instrumento de sus ambiciones, y la cama como escalón en su subida al trono imperial. Y si no encuentras ese difícil punto entre la sensualidad y la calculadora ambición,
no eres Popea, lo siento.
–No me disgustó y tampoco me encantó la Ottavia de
Anna Bonitatibus. No anduvo mal de expresividad, y su salida después del "Addio Roma" fue la de una verdadera emperatriz. Pero la voz resultó demasiado tonante por momentos, y con un vibrato feo.
–La decepción de la noche fue
Max Emanuel Cencic en un Ottone descafeinado que desaprovechó entero y verdadero su hermoso papel. Exageró la fragilidad del personaje, y se situó en la línea de los cantantes que potencian el desvalimiento de Ottone. Y todas sus intervenciones estuvieron al mismo nivel, sin matizar los sentimientos encontrados por los que pasa el personaje. Mal, mal, mal. Y me pareció incoherente la idea de su breve escarceo con Popea medio a escondidas, porque desde el principio de la ópera Ottone es historia, es un cero a la izquierda para la ambiciosa Popea, que ya lo ha excluido para siempre de su vida porque tiene aspiraciones más altas. Claro que con esta Popea tan poco sutil y
queso de bola…
–Apoteósico
Robert Burt como Arnalta, aunque podía haber sido mejor su "Oblivion soave". Domina a la perfección los aspectos cómicos del personaje, algo lógico a juzgar por su fabuloso Iro en
Il ritorno d'Ulisse in patria de la temporada pasada.
José Lemos fue una nodriza de Ottavia más sentenciosa y menos caricaturesca de lo acostumbrado, muy bien en su duo con Ottavia y en sus intervenciones con el paje.
–Una lástima el estado vocal del bajo
Antonio Abete, en franco deterioro desde su imponente Plutón de
L'Orfeo en 2008. Su entrada "Ecco la sconsolata donna" careció de relieve, aunque sí se creció en el duo con Nerón "Son risoluto insomma", que fue uno de los momentos más intensos de la representación. Fue un Séneca con poca presencia, en el que se echaba de menos una mayor rotundidad.
–Estupendo
Matthias Vidal en un Lucano que comienza cantando a la belleza de Popea, pero que acaba subyugado y rendido ante las pasiones de su señor en uno de los momentos cumbre de la representación.
–Ya se ha dicho, pero me uno al coro de alabanzas a la maravillosa

Drusilla de la joven soprano portuguesa
Ana Quintans. Esta cantante SÍ domina el canto barroco. De ella podría aprender bastante De Niese en materia de ornamentación. Además, su Drusilla no es la enamorada pasiva y boba de otras veces, sino una mujer con iniciativa.
–De lo más flojo fue
Suzana Ograjensek en el paje de Ottavia, y así contrastó con el buen hacer de
Katherine Watson como la dama. Esta cantante también hizo Virtú en el prólogo, y lo hizo muy bien.
–La soprano maltesa
Claire Debono confirmó la excelente impresión del año pasado en
Il ritorno… Sus intervenciones como Fortuna en el prólogo, Palas y Venus, lo demostraron. Una bonita voz que también sabe cantar muy bien Barroco.
–
Hanna Bayodi-Hirt estuvo un tanto irregular como Amore en el prólogo, y bastante mejor en "Dorme, l'incauta dorme".
–El resto del reparto estuvo bien en sus breves y variados papeles, completando satisfactoriamente este inmenso fresco de pasiones que es
L'incoronazione. La excepción fue el bajo
Damian Whiteley, en un Mercurio que más bien parecía el repartidor del butano a grito pelado.
Y llegamos al número bomba de la noche (ya se ha dicho)

: el trabajo de Pier Luigi Pizzi. No carece de detalles acertados, pero en general no me gustó. Desgraciadamente,
L'incoronazione ha resultado la peor de la trilogía monteverdiana del Real en los aspectos escénicos.

Todo destilaba una sensación de desidia, de hastío, de "esto se acaba, es el último Monteverdi para este teatro, para qué me voy a molestar, vamos de retirada". Las plataformas móviles de las diosas del prólogo eran una cutrez que pretendía pasar por genialidad, así como el insistente movimiento del manto
animal print de Fortuna, cansino como ello solo. Por cierto, el niño sobraba del todo, e incordiaba un 200%.
Los marmóreos palacios, para qué hablar. El de Popea era un mazacote incoherente, y el de Nerón y Ottavia era un panteón de marmolería de medio pelo para abajo. El incoherente triclinio de mármol (sin un triste cojín…) era del todo risible. El casoplón manierista de Séneca era uno de los elementos que vinculaba esta ópera con las dos anteriores de la trilogía, pues habían aparecido ya en ellas elementos similares de arquitectura palaciega. Era ridículo el detalle de la biblioteca al aire libre para sus repeinados alumnos, pero el hecho de ubicar a Séneca en aquella arquitectura tan pretenciosa no estaba mal traído: el personaje es un estoico que predica la resignación, pero que ha hecho fortuna en la corte a base de la ruina de otros.
El vestuario era una mezcla más ó menos acertada, destacando por su calidad el de Nerón. Es evidente la sensación de reflejo o de contrafigura de unos personajes respecto de otros, como ya observó bayista: Ottavia es el negativo de Popea, Nerón es el ¿positivo? de Séneca y también se relaciona con Fortuna, Drusilla lleva un manto rojo que la relaciona con Amore (y que presta a Ottone para disfrazarse), Ottone y Lucano son dos caras de una misma moneda… Aquella especie de paje
boy–scout me resultó bastante ridículo.
En suma: con todos los matices ya expuestos, una intensa e inolvidable velada operística, en la que he de señalar a mis compañeros de localidad, que no se privaron de incordiar con ruidos varios, atajados por mí con diversos sistemas. La molestia causada por el sonido de la cadena del bolso de la señora a mi izquierda se solucionó con tres miradas asesinas para ella, y otra mirada petrificadora para los inoportunos cuchicheos de su marido.

Los carraspeos del espectador que estaba detrás de mí fueron constantes. Desde luego, me dieron la noche. Y es que el público no aprende.

Mis vecinos de la fila 1 tuvieron, con todo, un momento divertido: en los saludos finales, oigo que él le dice a ella "… y este es Lucano". Si la buena señora no se había enterado quien era quien en tres horas y pico de ópera ¡cómo debió aburrirse la pobre mujer!
Espléndida noche. Qué grande Monteverdi, qué grande Popea, qué grande Jaroussky.
