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Función del dia 1 de junio
Función perfectamente evitable a mi modo de ver de esta ópera que tampoco es en sí misma una maravilla musical, y que basa su fama y su pertenencia al repertorio en unos pocos números de indudable efecto y calidad, a pesar de lo cual , acaba haciéndose larga, al menos para mi.
Sin duda la triunfadora fue Nadine Sierra: Guapa y vivaracha, empezó con esa breve intervención que tiene, rotando cual abeja alrededor la tonalidad hasta que la encontró rápidamente, faltaría más. Que me perdonen los fans irredentos, pero es una cantante con la que, reconociendo sus indudables cualidades canoras y la calidad de su voz, especialmente en un centro bellísimo y una zona grave sonora y muy bien apoyada, no llego a entusiasmarme. Me gusta mucho en los personajes que riman con su nombre, Aminas, Adinas, Norinas y demás, a los que su vis cómica va como un guante, pero la verdad es que escénicamente esta Julieta, con esa variedad interminable de mohínes, ojos de asombro, o de terror, o de pena, un catálogo infinito de sonrisas profidén, y saltos impetuosos de aquí para allá, llegó a cansarme un poco. Entre eso, la más bien poco creíble figura de Camarena como el bello Romeo, el decorado rocambolesco y el vestuario carnavalesco, me parecía por momentos estar en un “remake” cómico del show de Carol Burnett.
Canta muy bien, tiene un flato inalcanzable para cualquier otra, hace bien las agilidades, proyecta la voz en todo el registro, pero para mi gusto, según va subiendo en la escala, la voz va perdiendo capas de belleza, o de armónícos , o de lo que sea, y a partir del “Si” o el “Do”, el sonido es menos fluido, menos dúctil, y sin llegar ni mucho menos a la estridencia, es algo más fijo, y sin ser ni mucho menos desafínada, tampoco parece que la nota esté en el centro de la diana.
Cantó correctamente el vals, ejecutando primorosamente los mordentes iniciales, e hizo toda una exhibición en el aria de la poción, aunque a mi me sobró ímpetu y eché de menos un poco más de délicatesse francesa en la emisión.
Javier Camarena vive de las rentas hace tiempo; la voz ha perdido el lustre del centro y el grave es más bien inexistente. Conserva un fraseo estupendo, su cuidado en la dicción y una zona aguda todavía capaz de emocionar y modular, aunque no siempre es dueño de la misma. Escénicamente igual a sí mismo, aunque aquella cualidad juvenil, casi ingenua e infantil, que lo hacía tan particular, tampoco está ya.
Estupendo sin reservas Roberto Tagliavini, al que he visto mucho en los últimos años y nunca me ha decepcionado, excepto en un Filippo claramente por encima de sus posibilidades, y que nunca debió de haber cantado.
Corramos un tupido velo sobre Laurent Naouri y especialmente sobre la querida Sonia Ganassi, que no es tan mayor, creo, pero que tiene la voz echa unos zorros.
Todos los demás, meramente correctos.
La abigarrada dirección de escena tuvo algunos buenos buenos momentos, como el complicado movimiento de coro, ballet y figurantes durante toda la primera escena, en un decorado complicadísimo en el que Verona es la doble escalinata del Palais Garnier, idea que no resulto tan mala a lo largo de la ópera como me lo pareció al principio; el original ballet de las novias, donde se lució el cuerpo de baile en una complicada coreografía. Hubo otros que bordearon el ridículo, como la escena de la boda de los dos amantes en una barca en los sótanos del teatro parisino, en lo que parecía una versión cutre de “El fantasma de la Ópera”.
Especialmente hilarante fue la dramática escena de Julieta con el padre Laurent: entre los golpes de pecho de la protagonista “a lo lolaflores”, sus ojos desencajados con desmesura, y el crucifijo-puñal en toda la epiglotis amenazando clavárselo, me tuve que contener para no echar la carcajada y pensé que Nadine hubiera sido una de las más grandes actrices del cine mudo de haber nacido a principios del siglo pasado.
A pesar de que ya he dicho que el decorado me pareció absurdo y rocambolesco al principio, lo cierto es que a base de girarlo, y con una estupenda iluminación que parte de unos focos que se cruzan en direcciones diagonales desde la parte superior, la sensación de profundidad que se consigue con los candelabros a distintas alturas y distancias— los mismos de la Ópera Garnier— acentuada por unos globos festivos colocados estratégicamente— y unas cintas que se lanzan de vez en cuando a modo de fuegos artificiales, se consiguen unas perspectivas cónicas y de planos que se cruzan y cortan entre sí, de gran impacto visual, que tienen mucho más que ver con el neobarroquismo Beaux-Arts que con la Verona gótica de Shakespeare, pero que a mi me resultaron muy atractivas y entretenidas.
Del maestro Carlo Rizzi lo mejor que se puede decir es que es discreto y no molesta. A mi sí que me pareció que cuidó muchísimo el equilibrio entre cantantes y orquesta— tanto que en algunos momentos esta perdía un poco de presencia— y supo dar relieve a muchas de las bonitas frases que Gounod escribió, especialmente para la familia de arcos. A pesar de todo, mi impresión es que la orquesta sigue mejorando poco a poco su nivel y su versatilidad.
El coro ya nos tiene acostumbrados a su notable nivel, que lucieron particularmente en “Ah, jour de deuil”, en el que incluso inspiraron a un Camarena en la que para mi fue su mejor intervención.
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