Uf, por fin he podido sacar un rato para hacer una crónica en condiciones…
Creo que he tenido la suerte de ver un fantástico
Tannhäuser, una ópera que adoro. Pocas veces se asiste a una función tan redonda. La conjunción de los astros debió ser realmente favorable, porque todo estuvo en su sitio.
–El protagonista fue encarnado por el sudafricano
Johan Botha. Fastuoso tenor, con una voz redonda, bella, densa, y realmente grande, traspasando el foso sin dificultad alguna, aún con el
forte de la orquesta. Un cantante entregado y fabuloso, que hizo aún más acusadas las diferencias con el pufo que Kaufman nos dio la noche anterior. La voz de Botha es muy, muy grande. Pero sabe apianar y lo hace maravillosamente. Eso es cantar y lo demás tonterías. Sólo puedo reprocharle una cierta falta de entusiasmo en el himno a Venus del Acto I, pero no es algo que afee el conjunto de su espléndida actuación. La reaparición del himno a Venus en el concurso de canto estuvo mucho mejor, pura pasión.
–
Eva Maria Westbroek fue una Elisabeth de primerísima. Vaya por delante que admiro profundamente a esta soprano, y sólo me molesta el vibrato que tiene a veces. A los cinco minutos ya se me había olvidado el vibrato, y disfruté de su Elisabeth apasionada, sin la mojigatería que a veces se ha cargado sobre este papel (pacatería inexplicable si tenemos en cuenta que Elisabeth es precisamente quien se enfrenta a las mentes bienpensantes del Wartburg que ya ha condenado a Tannhäuser por su estancia en el Venusberg… envidiosos, pandilla de envidiosos

). Su "Dich, teure Halle" fue de quedarse sin respiración. Maravillosa, maravillosa, maravillosa.
–Me gustó mucho la Venus de
Michaela Schuster, porque he tenido que sufrir cada Venus en teatro que…

. Intensa, expresiva, pero sin caer en el porno de pacotilla con que se rodea a veces este rol en una dialéctica manida en la que Elisabeth es la santita ridícula y Venus el zorrón verbenero. En este caso no se cayó en lo fácil, y Schuster fue una Venus sensual, pero sin dejar de ser una diosa. O una señora.
–Ya conocía a
Christian Gerhaher de su Wolfram del Real, en el que dio una soberbia lección en la canción de la estrella, con una sensibilidad y un buen decir dignos del mejor liederista. Mi expectativa era, por tanto, muy alta. Y hubo sorpresa en la ROH. Estuvo estupendo en la canción de la estrella, aunque aprecié en la función del Real una mayor intensidad expresiva. Pero lo que de verdad me dejó con la boca abierta fue su antológica intervención en el concurso de canto. Es imposible hacerlo mejor, más expresivo, con más intención. Me descubro ante este cantante
–El resto de caballeros cantores formó un conjunto equilibrado y empastado, en el que destacaron las intervenciones de
Clive Bayley como Biterolf, el más desagradable y violento de todos ellos.
–Hubiera sido deseable algo más de presencia vocal y escénica del Landgrave, encarnado por
Christof Fischesser. Por otra parte, he de destacar el empastadísimo cuarteto vocal de los pajes del Landgrave, aquí transformados en asistentes de Elisabeth. Las cuatro cantantes que hicieron esta breve intervención sonaron de maravilla:
Kiera Lyness, Deborah Peake–Jones, Louise Armit y
Kate McCarney. Y es que no hay papeles pequeños, siempre hay que hacer las cosas bien.
Para el pastor y su preciosa canción se optó por
Alexander Lee, una voz blanca con problemas de afinación, pero que lo hizo bien en conjunto.
–El
coro empezó un poco desajustado para ir creciéndose a medida que avanzaba la función. Coincido con Abeli en el maravilloso final a cargo del coro, y en el que además agradezco especialmente que no salga el cortejo fúnebre de Elisabeth; me parece más eficaz desde el punto de vista dramático que sólo sea el canto a lo lejos lo que anuncie la muerte de la protagonista.
–Maravilloso
ballet en la escena del Venusberg, con la elegantísima coreografía de
Jasmin Vardimon y un cuerpo de baile extraordinario. La coreógrafa huyó, con gran acierto, de las orgías al uso, y todo se articuló con las persecuciones de los bailarines, vestidos para una cena de gala, en torno a una enorme mesa. Fantástico.
–La lectura de
Semyon Bychkov en el foso fue de menos a más, en mi opinión. De hecho, encontré que el Acto I pecaba de demasiado solemne en los tempi elegidos: la prueba fue que la escena del Venusberg, que me arrebata, no logró engancharme

. Pero las cosas cambiarían a partir de entonces, con una intensidad verdaderamente estremecedora.
–No me disgustó la dirección de escena de
Tim Albery, con decorados de
Michael Levine, pero no encuentro en este trabajo ideas especialmente brillantes. Los foreros que me leen saben que concedo una enorme importancia a lo escénico. Como ya había adelantado en el primer post de este hilo, Turingia y el Wartburg parecen haber sido trasladados a Chechenia, ó algún sitio similar. El Venusberg es una réplica exacta del arco de proscenio y el telón de la propia ROH. No es una idea en absoluto novedosa. Venus aparece al principio vestida como luego veremos a Elisabeth, una sugerencia de que ambas son sólo dos caras de la mujer que ama el protagonista, pero tampoco es nada original. Tannhäuser en el Venusberg y Elisabeth en el Wartburg se sientan de espaldas al público en una silla dorada colocada en la embocadura, sugiriendo la idea de contemplación distanciada de lo que va aconteciendo… En el concurso de canto, el fondo está ocupado por un arco de proscenio teatral envejecido y derribado, intentando dar idea de que en aquella sala hacía tiempo que no se celebraba la competición canora, de ahí lo de un teatro en ruinas. El vestuario parecía propio de un campamento checheno, y hasta el propio Landgrave tenía aspecto de pastor. Los caballeros cantores van de smoking para su actuación.
Pero si hubo para mí un momento de verdad mágico, fue el duo Tannhäuser-Elisabeth del principio del Acto II, tras el "Dich, teure Halle", y no sólo porque la química entre ellos fuese perfecta. La claridad que Bychkov supo imprimir a la orquesta, unida a la cuidadísima línea de canto de Botha y Westbroek formó una rara conjunción en la que me parecía escuchar Mozart a través de Wagner. Sí, eso es lo que he dicho. Y no es ninguna novedad que para cantar bien Wagner no hay que chillar, sino que hay que ser capaz de cantarlo como se haría con Mozart. Nunca pensé que comprobaría la verdad de esta frase. Qué fortuna he tenido, me emociono sólo con recordar el momento.
Y acabo con una anécdota personal: fue precisamente en el
Tannhäuser del Real donde conocí en persona a algunos de los foreros de esta casa, como Yago y jlizarrabengoa.
Tannhäuser no me trae más que cosas buenas. Una ópera y un personaje que adoro, porque para mí resume y simboliza el misterio y la dosis de sufrimiento que rodean a la creación artística, lo divino y lo humano, la razón y la pasión.
