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Con ostensible retardo (por desconexión digital inherente a mis merecidas vacaciones) ahí van mis recuerdos del PARSIFAL de 10 de agosto.
Escapada exprés tras ser agraciado en la lista de espera con una localidad para esta función. Segunda vez en Bayreuth. Disipadas las ansias de la primera visita (quince años ha) y dominado el terreno, la corta estancia resultó enriquecedora y placentera. Calor sofocante, sorteado gracias a prolongada visita matutina a Wahnfried y almuerzo posterior bien regado con cervezas locales.
En el Festspielhaus, la esencia permanece en el ambientillo de los jardines aledaños. En la sala, ya eliminado el factor sorpresa de aquella primera vez, la peculiar acústica nos maravilla. A la última fila de parkett las voces llegan directas, rotundas y presentes.
Lo escénico: decepción. Elemento central en forma de estanque que se mantiene los tres actos, al que entran y del que salen los protagonistas (no precisamente jovenzuelos deportistas) con extrema dificultad tras chapotear trabajosamente, haciéndolo todo molesto, artificial y cansino. El primer acto tiene un pase, pese a la falta de mística en el cuadro de la sala del grial. El segundo acto está mucho más conseguido, si bien el final del acto está resuelto cual función teatral de instituto. El tercer acto, con nivel estético comparable a un excremento canino resecado al sol, presidido (además de por la charca) por una de las tuneladoras de “Armaggedon”, resulta un completo desatino: sin “encantamientos” del viernes santo, sin transición del bosque a la sala (resuelta a lo bruto con la elevación de los neones chorreantes) y sin atisbo de sugerir algo cercano a la emoción en el finale (recuerda uno el estratosférico finale de Herheim 2011 y se tira de los pelos). Afortunadamente, todavía no nos han prohibido cerrar los ojos y disfrutar de la música.
Lo vocal: luces y sombras. Sobresalientes Zeppenfeld (Gurnemanz) y Volle (Amfortas).
Poco ayudaba la escenografía del segundo acto a la rotunda anatomía de la finesa Varela (Miina Liisa Värelä), que nada me transmitió excepto en el tramo final del acto, curiosamente tras entrar (¿o quizá caer?) abruptamente en la charca, momento en el que se vino arriba y la voz cambió. Habrá que darle otra oportunidad.
No da el talludo Schager el tipo del juvenil Parsifal de los dos primeros actos, en los que, con la gracilidad escénica de una columna de garaje, desempeñó aceptables prestaciones con excesivo volumen. Pero cantar Parsifal (en mi opinión, el papel más cómodo para tenor protagonista wagneriano) no es sólo gritar “Amfortas … (die wunde)” como si se cantase en la Super Bowl. El tercer acto, en el cual el puro necio ya ha cristalizado en sapiente por compasión, requiere arte de canto. Y en este tercer acto, el 10/agosto, el amigo Andreas hizo agua por todos los lados: fraseo inexistente, emisión sin apoyo con desafinación continua y canto a golpes sin el más mínimo legato.
Lo orquestal: lo mejor. Sólo por el tercer acto que ejecutó Heras-Casado, valió la pena el viaje. Impulso narrativo y detalle en los dos primeros actos. Y en el tercero, H-C me hizo levitar y evadirme del feísmo escénico. Pausado, pero no aburrido, no lánguido. Dominio de la peculiaridad del foso para hacer valer las dinámicas , pues se captaba claramente cuando la orquesta tocaba en p, y cómo pasaba a mf, y subía a f, y bajaba a pp, y volvía a subir a f, y de ahí a ff. Cuidados detalles con las maderas, que se percibían claramente, perfumando la sala. Final musical para el recuerdo, a ojos cerrados, para evitar que la escena mancillara tanta belleza.
Azarosa vuelta a Nuremberg (a causa de las obras en línea férrea), pero con la felicidad en el cuerpo.
No sé si lo conseguiré, pero no cejaré en el empeño de volver a Bayreuth, esta vez para un Ring completo (aunque Vogt cante Wotan)
Saludos.
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