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No ha sido nunca Roméo et Juliette una ópera por la que haya sentido predilección; ni siquiera que me haya atraído un poco, a pesar de que reconozco los méritos líricos que encierra. Pero dudo que fueran esos dos motivos los que ayer hicieron que me aburriera soberanamente durante la función. ¡¡Y eso que en el papel femenino estelar teníamos, nada menos, que a mi admirada Nadine Sierra!! ¡Pero qué muermo, por Dios! ¡Qué sosería! ¡Qué poca tensión dramática! ¡Qué saturación visual, con ese exceso de luces y un escenario lleno a rebosar de personas que no paraban quietas!
De la dirección musical de Carlo Rizzi ya se ha hablado: monótona, ayuna de matices, desigual, carente de progresión teatral, estruendosa...
La absoluta triunfadora de la velada, como cabía esperar, fue Nadine Sierra, que volvió a demostrar el desparpajo y la naturalidad con la que canta; parece que lo hace todo (o casi todo) sin esfuerzo. Y eso se agradece, claro está, dados los tiempos de sequía vocal que corren. Alguna tirantez en la franja más aguda, pero resuelta sin problemas. El timbre es estupendo, la técnica sólida y la presencia física de la cantante embriagadora (algo que, sin ser imprescindible en este arte, se agradece). Pero todo, en su interpretación, resultó demasiado expeditivo y, como ya se ha dicho antes, encontré poca profundización psicológica en el rol. Me sorprendió también la escasa química que hubo entre los dos protagonistas, dada la reiterada insistencia en señalar lo bien que se entienden. Creo que a todo ello contribuyó bastante la fea y sobrecargada propuesta escénica —siempre a oscuras, o en penumbra (a pesar del uso continuo de efectos lumínicos que no le dejaban a uno descansar)— y, sobre todo, las dificultades que Javier Camarena encontró para afrontar su parte. Sobre dichos problemas no quiero incidir demasiado, pues el mexicano me parece un magnífico y pundonoroso profesional, digno de todo respeto. Pero no puede negarse que, dadas sus actuales condiciones vocales y la exigencia de la particella, el personaje de Roméo le viene demasiado grande (aunque, a decir verdad, me pregunto si alguna vez dicho rol ha sido el más adecuado para su vocalidad de tenore di grazia, un poco al estilo de lo que ha ocurrido con Juan Diego Flórez). En todo caso, por su exactitud (y al coincidir en todo con él), me remito a las observaciones que ya ha hecho Carl Tunner al respecto.
Al margen de Sierra, destacaría también la breve intervención de Heloïse Mas, como paje Stéphano, que desplegó una voz de calibre, bien timbrada y considerable proyección. Muy lucida, a pesar de su modesta presencia en la obra. Bien, asimismo, Roberto Tagliavini en la piel del imbécil, inútil y pusilánime fray Laurent.
Incomprensible la participación de Sonia Ganassi, Gertrude de voz rasposa, tremolante e inestable, y de Laurent Nouri como un Capulet gritón y descontrolado. Quizá sea un intento de dar mayor publicidad a las funciones, contratando para papeles menores a cantantes que tuvieron un pasado más o menos prestigioso. Pero, en cualquier caso, el resultado es que se hace pasar al espectador un mal rato, escuchando cosas que no debería.
El resto de intérpretes se caracterizó por la medianía o la pobreza general de las voces. Nada que destacar.
Tenía entrada para una función con el segundo reparto y, a la vista de los resultados, me he deshecho de ella (afortunadamente).
_________________ "Tornate all'antico e sarà un progresso" (Giuseppe Verdi, compositor y genio).
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