|
En estos últimos tiempos hemos visto, los que ya tenemos algunos años, como las fiestas tradicionales se han ido Sanferminizando en el peor sentido de la palabra. Han derivado en aglomeraciones de multitudes, a menudo alcoholizadas, que defecan, orinan o vomitan sin pudor en la vía pública, con exceso de ruido y suciedad como consecuencia de esas costumbres tan poco edificantes.
Las fallas son unas fiestas que se viven dentro de la ciudad, mezcladas con ella y no en un recinto apartado y destinado al respecto, y siempre ha sido una característica propia de estas fiestas el corte de calles en función del capricho de los falleros, sin respeto ni compasión de los que moran o de los que trabajan y sin importar un bledo el bloquear un aparcamiento o la salida de emergencias de un ambulatorio.
Vivir en el centro de Valencia es muy agradable, una delicia. Salvo en Fallas. Entonces se convierte en un infierno. Yo vivo en el centro de Valencia, por eso huyo en cuanto mis compromisos laborales me lo permiten.
Este año se ha dado la circunstancia de que coincidía con el final de las fallas una celebración de mi familia política en Sevilla y, en cuanto pude, hacía ahí me marché. Tener una familia política muy numerosa, como yo la tengo, te ofrece una amplia gama de posibilidades y no me gusta desaprovechar las oportunidades que me brinda la vida. Sevilla es, además, un destino que siempre me apetece y no pierdo ocasión que se presente de visitarla y no la perdí.
Otra cosa buena de huir de las fallas es que sólo andan de vacaciones los valencianos, por lo que, en destinos como Sevilla, completamente saturados de turistas habitualmente, se hayan un poco me-nos abarrotados. A pesar de todo, el centro de Sevilla me siguió pareciendo un parque temático de monumentos, calesas, tabernas y guiris. Eso sí, bellísimo y con un color especial.
Nunca había asistido antes a un espectáculo en el Teatro de la Maestranza de Sevilla y desvirgar un teatro siempre es una incógnita. Esta vez fue placentero.
No quiero que se me enfade nadie, pero así, a botepronto mis impresiones sobre lo ahí acontecido son las siguientes:
-Está en mi Top 3 de teatros incómodos. Esas sillas de madera con un finísimo acolchamiento, más propias de un tranvía centroeuropeo, son un suplicio para las posaderas. No puedo imaginar un Wagner de 5 horas en este teatro no apto para afectados de hemorroides.
-Nunca había estado en un teatro en el que tantos espectadores comentaran la función en voz alta mientras la música sonaba y los cantantes cantaban. Al menos 5 parejas a mi alrededor comentaban sus pareceres a sus colindantes y a las tres filas anteriores y posteriores. No sé si es costumbre local o fue por falta de respeto a Marina, a la que, aunque es un operón, se le tiene menos veneración que a Parsifal, por ejemplo.
-La zona de catering y bebidas está mal dotada y mal resuelta por falta de espacio.
-Tiene tienda, cosa que no puede decir cualquier teatro y me compré un par de cosas.
Marina es una ópera azarzuelada, fácil de ver y muy fácil de oír, y la representación de la Maestranza fue excelente.
La puesta en escena de Bárbara Lluch ya conocida, es clásica. Vestuario de época, cielos pictóricos de fondo, coreografía estudiada y representación canónica. Ni rastro de zarzas ni zarzaparrillas.
Lo que sucedía es lo que el libreto pide con algo de ironía que diluyó el edulcoramiento propio del argumento. Bien interpretada y elegante.
La Real Orquesta Sinfónica de Sevilla, dirigida por Manuel Busto, me llegó a parecer en algún momento algo chimpunera, y en otros, sin embargo, me sonó solvente. El maestro estuvo atento a los cantantes e intentó no taparlos más de lo necesario.
El coro excelente. ¡Cómo me gusta la habanera! ¡Qué bonita es!
La Marina de Sabina Puértolas es muy adecuada. Creo que la ha cantado cienes de veces y tiene experiencia de sobras para tirar de ella. La zaragozana que viene de triunfar en la Traviata sustituta madrileña fue de menos a más y acabó brillante. La interpretación que le pide Bárbara Lluch es aniñada y juguetona y lo resolvió muy bien. Su voz es lírica tirando a ligera, con pureza cristaliza, afinación, seguridad. El rondó final de la familia de la escena de locura de Lucia es de lucimiento y se lució.
Ismael Jordi es un Jorge elegante. Cada día más enjuto, más chulo que un ocho, con ese aire de torero que me recuerda a su paisano el pirata. Como cantante ya lo conocemos, fraseo impecable, timbre no excesivamente agradable, pero canto seguro y reguladores usados con elegancia. Se mueve, en la interpretación, con esos andares de banderillero de reses bravas en pleno quite tan propios de él.
El Roque de Juan Jesús Rodríguez, extraordinario. Fue lo mejor de la noche. ¡Que pedazo de voz!, ¡que pedazo de barítono están dejando de contratar muchos teatros! Ha hecho suyo el papel de Roque para el que su voz rotunda y noble de barítono bien timbrado es muy adecuada. Además, está espléndido en una interpretación socarrona, con una comicidad bien medida, nunca grotesca y siendo el contraste conductor que parece que no importa pero que canta mucho.
El Pascual de Rubén Amoretti estuvo bien, pero un par de pasos por detrás de Juan Jesús. Su antipático personaje estuvo, quizás, menos delineado por la puesta en escena, pero la intención de Amoretti fue siempre impecable.
Muy bien José Manuel Díaz (Alberto), Alicia Naranjo (Teresa) y Andrés Merino (Marinero), sobre todo José Manuel Díaz como Alberto.
En fin, gran noche, zarzuelópera muy bien interpretada, de las que sales contento, en una ciudad maravillosa, en la que se puede, por ejemplo, rematar la faena con una exquisita variedad de tapas acompañadas por 10RF helado que quita el sentido.
Saludos
|