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Según la IA de Google, consultada así, a botepronto, la conversión es un cambio profundo y personal de creencias, valores y estilo de vida, que implica dejar una dirección anterior para adoptar una nueva fe o visión del mundo. A menudo descrita como una transformación interna o un "nuevo nacimiento", puede ser un proceso gradual o una experiencia repentina de fe.
A esto, añade que los aspectos clave de la conversión son:
-Un cambio de mentalidad, que Implica cambiar la forma de actuar y pensar; -El vivir la nueva fe como un proceso continuo, aunque puede haber sucedido en un momento decisivo, la conversión se debe vivir día a día como un compromiso constante; -Y el arrepentimiento y transformación, que supone reconocer un estilo de vida anterior, arrepentirse, y adoptar nuevos valores y comportamientos. De ahí al proselitismo sólo va un paso que suele suceder de forma natural.
Pues eso es lo que me está pasando con el barroco.
Toma ya.
Para ser sincero, diré que no con todo el barroco, pero cuando cojo algo excelente, me entusiasma.
Aunque ya iba notando síntomas preocupantes, mi proceso de conversión fue brusco, abrupto, repentino. Una caída del caballo. Fue con Ariodante y me quedé aturdido. Y en vez de recuperarme, persisto. Por eso he disfrutado con del Julio Cesar vivido en Valencia y lo he grabado en la memoria como otras grandes noches que tengo guardadas en mi disco duro.
Eso no significa que me haya vuelto gilipollas, sigo reconociendo que el barroco pesado, aburrido y sin gracia es infumable (aunque eso también le sucede al romanticismo, clasicismo, verismo, etc..) y el barroco me parece especialmente sensible a la calidad de la interpretación y a la inteligencia de la puesta en escena. Es más fácil salvar una Traviata o una Tosca de una mala noche que a una Alcina, por ejemplo.
Sirva este acto público de fe para proclamar a los cuatro vientos y sin pudor, que el Giulio Cesare in Egitto de Minkowski en Valencia me ha parecido maravilloso.
El mérito de mi justificada alegría se lo quiero adjudicar a la redondez de la función, sin grandes fisuras apreciables, a la enorme alegría de ver Marina Monzó, sorprendente y mandando en plaza, sobre todo al buen gusto, la inteligencia, el conocimiento y la sensibilidad de Marc Minkowski.
Reseñemos brevemente la puesta en escena de Vincent Boussard. No fue lo que más me gustó, aunque le reconozco momentos de indudable belleza. Atemporal, elegante, apoyada en paneles móviles, proyecciones y complejos juegos de iluminación. Es más complicada de lo que a priori pueda parecer y la coreografía y dirección de actores de los cantantes sustentan la evolución de la trama, perfectamente comprensible. Las salidas sorprendentes y originales de guión, a mí me gustaron, aunque no sé si son idea del regista o de Minkowski, porque, por ejemplo, el diálogo entre parejas de trompas, colocadas en ambos extremos de la orquesta, al final de la obra, creo que es cosecha del director de la orquesta.
El cacareado vestuario de Christian Lacroix marca eficientemente a los grupos tribales en escena (los romanos y los egipcios), pero me pareció excesivamente sofisticado, es decir pedante y raro. Para lo que consiguió no hace falta ni gastarse tanto ni contratar a una figura de la alta costura parisina.
Demasiado a menudo, los cantantes, que en el barroco no suelen ser voces que destaquen por su volumen, cantaban desde posiciones demasiado traseras de la caja escénica, perjudicando a su proyección y audición.
Todo esto, en cuanto a reseña general.
En cuanto a reseña particular no puedo obviar el cambio que, para mí, lo cambió todo mejorándolo. El primer acto avanzaba, y a pesar de su indudable belleza, el tiempo pasado y el tiempo por pasar comenzaban a hacer pesada la representación, y sucedió que, tras finalizar el primer acto con el maravilloso dúo entre Cornelia y Sesto con una grandísima y emocionante interpretación, comenzó el segundo acto. Tras la sinfonía vino el sorprendente giro de guión que despertó y puso en alerta mis sentidos y emociones. Me explico. Parte de la orquesta se ubicó en una zona alta a la izquierda de la platea y por la misma zona, pero por la derecha, apareció, deslizándose como si flotara, Marina y su “V’adoro, pupille”. Suavemente balanceó las notas y los sentimientos para rompernos, al finalizar, las manos en aplausos. A continuación, la sorpresa continuó con Aryeh Nussbaum Cohen, jugando, también desde platea, con el gran violinista Stephan Rougier en el escenario, en un espléndido “Se in Fiorito ameno prato”. Y ahí yo ya estaba vencido. La magia de la música fluyó por la orquesta, las voces, la sala, nuestros oídos y nuestras emociones en una sucesión de arias y recitativos extraordinarios.
Vamos a la orquesta. ¿Qué decir de Minkowski?, poco a añadir. Cogió la excelente orquesta de Les Arts, la reforzó con media docena de músicos especialistas que se trajo de la mano y entre todos nos ofrecieron una noche memorable.
Subió el foso para que todos viéramos a los protagonistas, los apretó reduciendo el tamaño del foso, teniendo que acceder al mismo entre los espectadores, y sujetó la orquesta, y la manejó férreamente consiguiendo que la música que salía de ella impregnase la noche de esplendidas melodías. La orquesta sonó a puro barroco.
Cleopatra fue Marina Monzó. De la terreta. Hay Marina…
Recuerdo cuando una joven compañera de trabajo, conociendo mi afición a la ópera, hace unos años me dijo: “tengo una amiga que canta ópera y creo que lo hace muy bien. Se ha echado un novio que se llama Davide Luciano, ha estado una temporada en Pésaro y ahora estudia con una tal Isabel Rey. Es muy divertida y está un poco loca. Creo que lo hace muy bien”.
Esa niña, que empezó en valencia con un Cosi fan tutte pandémico hoy es, o ya casi, una estrella.
Siempre ha sido guapa, valiente, pizpireta, buena intérprete, segura, de voz bien timbrada y bella. Pero hoy, manteniendo las virtudes anteriores, se ha convertido en un animal escénico, con magnetismo y una voz y una musicalidad que mejoran año a año, a pesar de los retos y variaciones de registro a los que se enfrenta. Y lo mejor de ello es que parece que aún le queda mucho camino por recorrer. Sus arias de sentimiento, “V’adoro, pupille”, “Se pieta di me non senti”, y sobre todo en “Piangerò la sorte mia” fueron soberbias, para recordarlas, lo mejor de la función. En la bravura de “Da tempeste”, sin llegar al nivel de las anteriores, demostró que es brillante también en las agilidades, y que su paso por Pésaro le ha convertido en dominadora de la coloratura. Excelsa.
Julio César fue Aryeh Nussbaum Cohen. Yo soy del team al que no me gustan los contratenores, prefiero a las damas haciendo de castrados. Pero se reconocer cuando un cantante se entrega y además tiene una voz bien construida, limpia, sin artificios y equilibrada. Fue una agradable sorpresa encontrarse a un contratenor poco mediático, pero con una voz excelente y una actuación notable.
Cornelia fue una excelente Sara Mingardo. Qué bonito lo hizo. Que gusto, que control, que saber estar. Cornelia se pasa toda la noche envuelta en el lamento, hecha una piltrafa, desesperada, vapuleada por los acontecimientos y por todos, al borde del colapso. Y Sara fue doliente, transmitiendo su pesar con elegancia y belleza. Supo transmitir, a veces en un suspiro de voz, delicadeza, encanto y emoción.
Sesto fue Arianna Vendittelli. La más floja de la noche. Al contrario que Cornelia, Sesto se pasa la función bravucón, buscando venganza y pelea con resultados más bien pobres. El cachondo del regista hace que mate a Tolomeo de casualidad. Vendittelli tiene una voz irregular, sin la nitidez ni la belleza del resto del reparto.
Tolomeo fue Cameron Shahbazi contratenor más convencional que su compañero Julio. Bien sin ser la sorpresa de Aryeh Nussbaum Cohen, que fue notable.
Achilla fue Jean-Philippe McClish. La puesta en escena lo convierte en un bufón que llega al arrepentimiento por enamoramiento, pero que, entonces, como diría Violetta, è tardi. No tiene la fiereza ni asusta como en otras puestas en escena y McClish sabe transmitir lo que la representación requiere con dignidad.
Para terminar, apuntaré que es un placer que ilustres foreros vengan a nuestra humilde temporada que se representa en el magnífico recinto que es el Palau de Les Arts. Con un lujo de edificio, pero, hoy en día, con un presupuesto limitado y precios de las entradas más que razonables, componen, año tras año, temporadas muy dignas y representaciones, en muchos casos, como en este, de altísima calidad. El viaje compensa. Creo.
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