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De nuevo estuve presente en una función de estreno (con lo poco que me gusta eso), aunque en esta ocasión también había un par de buenas razones para ello: la primera es que sólo se van a dar dos representaciones de esta rara avis verdiana —que no suele escucharse en teatro—; la segunda es que entraba en mi abono, así es que... Pese a todo, y aunque soy de los que prefieren evitar las primeras funciones (esperando que todo vaya mucho más rodado en las siguientes), debo decir que la velada de ayer se movió a buena altura musical y resultó francamente disfrutable. Pero empecemos diciendo algo de la obra propiamente dicha.
I Masnadieri es la adaptación operística de la obra teatral homónima de Friedrich von Schiller titulada Die Räuber, es decir, Los bandidos. Una creación que, francamente, sólo sigue teniendo interés en la actualidad por la música de Verdi, pues en el infumable libreto de Andrea Maffei apenas encontramos elementos redimibles, desde el punto de vista dramático, al haberse eliminado o reducido en él cuestiones de fondo presentes en el texto original del, por otra parte, sobrevalorado Schiller. Y así, temas como el de la dualidad del ser humano, la moralidad y el libre albedrío, los resultados del conflicto entre ideal y realidad, la dialéctica entre espiritualidad y mundanidad (con la religión como importante telón de fondo), la crítica feroz al absolutismo ilustrado y las injusticias sociales —presentes, en mayor o menor medida, en la obra teatral escrita—, ceden su lugar en la adaptación operística a toda una serie de tópicos, situaciones inverosímiles, pasiones desmedidas, sentimientos exacerbados y comportamientos erráticos de los personajes que llegan a rozar lo ridículo y hacen que difícilmente puedan congeniar con el gusto y la sensibilidad del espectador actual. De hecho, ya en 1847 —año del estreno mundial de la ópera verdiana— algunos de los temas abordados por Schiller en su obra —inserta en el primer movimiento romántico alemán (el Sturm und Drang)— podían parecer ya superados. Ello puede explicar, a mi entender, que tras el exitoso estreno de la obra —a lo que contribuyó la fastuosidad desplegada en el mismo, con los mejores medios y cantantes, y con el propio Verdi dirigiendo—, ésta no llegara a gozar nunca de la popularidad y estima de otros títulos verdianos. Algunos especialistas atribuyen dicha falta de méritos al hecho de que Verdi llevó a cabo la composición mientras sufría problemas de salud (que retrasaron, de hecho, la fecha original de estreno, prevista para 1846); otros, en cambio —y ahí me sitúo yo— lo atribuyen a la poca implicación y simpatía que el compositor pudo sentir por el texto de Maffei, aunque decidiera llevar a buen término el compromiso adquirido, por la amistad y el respeto que sentía hacia su libretista. Sea de uno u otro modo, lo cierto es que al espectador actual de la obra sólo le quedan dos opciones: o bien asumir, como puede —con paciencia y comprensión, si es posible—, todo lo que le llega desde el escenario; o bien —cosa preferible— dejarse llevar por la música que el genio de Busseto plasmó sobre el pentagrama. Una música, por cierto, que posee ya todas las cualidades que más apreciamos en Verdi —intensidad emocional, contrastes extremos, escritura vocal exigente, pero siempre sometida alla parola y a la necesidad dramática del momento—, y en la que se percibe con claridad la voluntad del compositor por superarse y buscar nuevas fórmulas expresivas, haciendo que el espectador pueda disfrutar de intensos momentos teatrales (por ejemplo, en la tremenda escena del sueño —más bien pesadilla— de un arrepentido Francesco), y de importantes pasajes musicales, que van desde el innovador y sorprendente (por original) solo de violonchelo inserto en la obertura —que Verdi compuso para su amigo Alfredo Piatti, ex compañero de estudios en Milán—, hasta los vibrantes números concertantes en los que el coro masculino juega un decisivo papel.
Para dar forma a todo ello, y expresarlo de la manera más adecuada, tuvimos al maestro romano Francesco Lanzillotta, que condujo con brío, energía, fuerza y acertado sentido teatral esta partitura menor de la producción verdiana. Es verdad que el nivel de decibelios fue algo elevado a veces, pero, en términos generales su lectura resultó contrastada, estuvo llena de matices y no decayó en ningún momento, sino que mantuvo la tensión, atendió a las dinámicas y, sobre todo, a las necesidades de los cantantes, mostrándose enérgica cuando era menester, y delicada en los momentos justos. Muy destacable, asimismo, la intervención de Simon Veis, en el camerístico solo de cello de la obertura, aunque me pareció que el arco no acertó del todo en el remate de la pieza.
La gran triunfadora de la velada —cosa que ya parecía decidida desde el principio, dado el cariño que el público de Madrid le profesa— fue la soprano cubano-estadounidense Lisette Oropesa, que se marchó muy satisfecha con un nuevo (y en mi opinión discutible) bis añadido a su currículo (el tercero en este teatro). Parece evidente que el papel de Amalia —compuesto a la medida para otra soprano coloratura como fue la mítica Jenny Lind— le sienta como un guante a Oropesa (pese a cierta debilidad en la franja más grave). Y es que, efectivamente, le permite desplegar todo su arsenal canoro y teatral, que no es poco: sólida técnica, emisión canónica, gusto para frasear, facilidad para el canto florido, bonito timbre dotado de un vibrato muy agradable, magnífico registro agudo y buen sobreagudo, proyección suficiente (aunque no estemos hablando de una gran voz), además de excelente figura, así como presencia y soltura. Todo ello hizo que Oropesa sortease con éxito y magnífico savoir faire las diferentes trampas que Verdi colocó al personaje, obteniendo en todas ellas el favor del público, que premió con encendidos aplausos cada una de sus intervenciones. Y así hasta llegar al plato fuerte de la noche, que vino con el aria y sucesiva cabaletta del II acto (Tu del mio Carlo al seno... Carlo vive?), momento en que la sala respondió enfervorizada con un atronador aplauso que se alargó hasta el punto de hacer que Lanzillotta y Oropesa decidieran bisar esta última parte, en concreto la parte del da capo, en la que la soprano incluyó un sobreagudo que no había emitido la primera vez. Todo ello, lógicamente, no hizo sino incrementar el júbilo del respetable, de modo que el teatro se vino abajo con los aplausos y los vítores. Me alegro mucho, muchísimo, del gran triunfo de Oropesa en esta función, y de que el público disfrutara de lo lindo. Pero como quiero ser objetivo, debo decir que la interpretación, aun siendo destacable, entregada y correcta, tampoco fue lo suficientemente excelsa como para ser bisada. Creo, como ya he señalado antes, que detrás de ese entusiasmo desaforado, y de la petición del bis hubo algo de juego, de ritualismo y de ceremonial por parte de los asistentes, de complicidad con Oropesa, antes que verdadero premio por una interpretación que pudiéramos calificar como realmente memorable. De hecho, aunque la soprano se entregó de lleno en el bis —añadiendo un comentario extramusical y un sobreagudo de cierre—, lo cierto es que fue rematado de modo algo irregular, con una nota no tan estable y perfecta como habría sido deseable. En cualquier caso, como ya digo, me alegro mucho por Oropesa, a la que considero una excelente profesional y una figura destacadísima de su cuerda en la actualidad, además de una simpatiquísima cantante que quiere, de verdad, a Madrid.
El tenor milanés Piero Pretti, dueño de una voz lírica, brillante, clara, flexible, de agudos fáciles, timbre no muy atractivo y poco robusta (aunque bien proyectada), asumió, con entrega y profesionalidad, la ingrata parte del majadero Carlo de Moor, el héroe masculino de este melodramma tremendo. La verdad es que el rol carece de intervenciones realmente destacables por su belleza o fuerza teatral (las dos arias que le asigna Verdi, por ejemplo, tienen más de oficio que de inspiración, aunque no carezcan de complicaciones), de modo que Pretti se encontró con una difícil papeleta. Por otro lado, y aunque demostró entrega y profesionalidad, su canto resultó algo monótono, ayuno de mayor incisividad y slancio, y con un fraseo rutinario. Las intervenciones más destacables estuvieron, a mi entender, en el dúo con su padre Massimiliano del acto III, y en el trío final de la obra, donde obtuvo sendos aplausos del público.
El otro gran triunfador de la velada fue el barítono palermitano Nicola Alaimo, incorporado al reparto in extremis, como sustituto del titular previsto (Mattia Olivieri), para dar vida al taimado y pérfido Francesco. Parece ser que Alaimo sólo pudo realizar un ensayo al piano con Lanzillotta, lo cual es un plus para reconocer su labor durante estas funciones. La voz de Alaimo suena algo mate, y los agudos no son tan compactos, redondos y squillanti como sería deseable. Sin embargo, tiene volumen suficiente, y el cantante se muestra expresivo, domina las mezze voci, y acentúa con variedad e intención. El fraseo no resulta especialmente elegante, pero al ser el suyo un personaje villanesco y sin apenas matices, este hecho tiene una importancia relativa. Algún crítico de esta función ha comparado a Alaimo nada menos que con Giuseppe Taddei. El paralelismo me parece excesivo, toda vez que los medios vocales del mítico barítono genovés eran mucho más generosos e importantes que los del siciliano. En cualquier caso, sí me gustaría destacar especialmente su prestación en el siniestro y alucinado racconto del sueño que el personaje canta en el acto III, donde Alaimo destacó por su entrega, tensión y dramatismo, creando un momento de verdadera conmoción en la sala que fue premiado con un largo y efusivo aplauso del público.
En la piel del ultrajado y entristecido Massimiliano, padre de Carlo y Francesco, tuvimos al bajo ruso Alexander Vinogradov, poseedor de un instrumento rotundo, con buenos graves, adecuada extensión y generoso volumen, que le permitieron dar vida a un Conde de Moor muy ajustado y creíble como típico rol de autoridad. En el extremo contrario, y dentro de la misma cuerda, situaría yo al georgiano George Andguladze, que dio vida a un pastor Moser envarado, con la voz en el cogote, emisión cupissima, acentos inexistentes y un canto sin matices que me pareció sencillamente horrible. Bien el resto de comprimarios, con especial mención al eficaz y musical Arminio del tenor cántabro Alejandro del Cerro.
Muy destacable el trabajo del coro, con especial mención a las voces masculinas, como ya he dicho, pues adquieren un enorme protagonismo en esta ópera, desde el momento en que representan al grupo de bandidos que dirigirá Carlo, y juegan un significativo papel en el desarrollo de la acción.
_________________ "Tornate all'antico e sarà un progresso" (Giuseppe Verdi, compositor y genio).
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