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Cuatro circunstancias me permitieron el pasado domingo ir a Barcelona a ver El elixir y volver en el mismo día: que la ópera es más corta que El potosí submarino, que empezaba pronto (17:00), que había un tren de vuelta lo suficientemente tarde (21:05) y que el precio de los hoteles en Barcelona se ha desorbitado. Con que falle una de estas condiciones, se va al traste el plan. Por ejemplo, con La Gioconda.
La estación de Sants está con obras, como Chamartín y Atocha, en Madrid. Todavía no la han rebautizado con el nombre de alguna personalidad fallecida que no haya tenido nada que ver con el ferrocarril, pero no se descarta que en un futuro se llame "Estación de Barcelona-Sants Jordi Pujol", o algo así. Han cerrado casi todos los comercios aunque el despacho de loterías aguanta.
También de obras La Rambla, como la Castellana, lo cual está bien para poder cruzarla por cualquier sitio y sin mirar si vienen coches. O sea, como antes de las obras.
La ópera es una maravilla, una de las que obligo a ver a alguien que quiere ir a la ópera de vez en cuando. El reparto era bueno, el segundo, aunque con Serena. Otra de las cosas que unen ahora al Liceo con el Real es que en vez de la hojita informativa dan un cuadernillo, más manejable que el de Madrid. Eso sí, las partes en español en color tenue, para que cueste más leerlo.
Nemorino fue Michael Spyres, que cantó con mucho gusto y buen volumen. Como no es un tenor al uso, sino un baritenor, la voz se la aclara y afina en los agudos, si bien este papel no los requiere. En su aria estrella hizo variaciones iniciales en la segunda estrofa, que tampoco aportaron gran cosa pero no estuvo mal. Muy aplaudido.
Serena Sáenz como Adina, a la que creo que aún no había visto. La verdad es que salí con una sensación extraña. Cantó bien, la voz es notable, pero los ascensos al agudo son feos, sin vibración, como el portamento masculino. Para ser una ligera esperaba más desenvoltura en esas latitudes.
Carlos Pachón se metió en la piel del engreído Belcore, y tras un flojo inicio, mejoró sustancialmente, sobre todo en el dúo con Serena en el segundo set. Digo..., en el segundo acto. Que me lío con los nombres.
Calamitoso Fabio Capitanucci en todos los sentidos. Ni puede con Dulcamara, ni le da esa vis cómica del personaje. Obliga a la orquesta a ralentizar la música para no ahogarse y hasta desafinó más de una vez. Unas escenas, las suyas, que son las más simpáticas de la ópera, fueron tremendamente aburridas y sosas. Parecía que tuviera 70 años. ¡Y Chausson retirado (aunque sigue apareciendo en Werther)!
La orquesta fue dirigida por Diego Matheuz en un 70% y el resto por Capitanucci. Mario Gas se ciñó al libreto, sin memeces ni genialidades, en la plaza de un pueblo, no en una playa ni en un descampado poligonero. Pero cuando acaben las obras de la estación y de La Rambla, que sigan con los edificios de la puesta en escena, que están hechos una pena.
_________________ Mejor un mal Verdi que un buen Britten.
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